Comienzo este artículo sin saber sobre qué escribir. Y recuerdo la letra de Serrat «pero hoy las musas han pasao de mí, estarán de vacaciones». No se me ocurre nada. Hace un cuarto de hora paseé el Malecón de Cadarso camino de la panadería. En San Lázaro descansaban las máquinas sobre las que el Partido Socialista, el Partido Popular y el Bloque Nacionalista disputan su legalidad dado que son el primer paso para atacar definitivamente la retirada de la escollera.
Allí estaban los monstruos en letargo, guardando el festivo del 17 de mayo, que debería ser laborable ad líbitum con todas las librerías abiertas de par en par y con todas las calles abarrotadas de libros con camisa y zapatos nuevos, como se merece un día de fiesta grande como este. Pero en este país de la incongruencia, el Día das Letras Galegas cierran las librerías. Sigo en blanco y mis dedos se desploman sobre el teclado como bandarrias de cantero.
El cielo que ayer la Televisión de Galicia nos anunció despejado y azul transparente, ya a esta primera hora, se está echando encima unas nubes largas, lechosas y lacias como sábanas abandonadas bajo las que las golondrinas persiguen a los mosquitos invisibles que patrullan los aires antes de aterrizar en los techos de nuestras habitaciones.
Dios conserve a las golondrinas por el bien que nos hacen. Recuerdo las docenas de nidos que construían desde la calle del Comercio hasta la Armería de Romaní y las tertulias en las que se hablaba sobre los acontecimientos del día mientras, encaramadas a los cables de la luz, poco a poco se iban quedando dormidas hasta el alba que traía un día más, un día menos.
Y no se me ocurre nada más, aparte de mi imagen de niño de rizos rubios camino de la escuela con mi Catón, mi trompo y mi cuaderno en el que dibujaba, bajo el dictado, a las golondrinas y «el seis y el cuatro es la cara de tu retrato».
Definitivamente, las musas se han censado en otro lugar. Lo siento, de verdad. Sin ellas no soy nada.