Este domingo, el de Ramos, comenzará la Semana Santa. Los cristianos acompañamos a Jesús, que subió a Jerusalén. Este camino le condujo a su pasión, muerte y resurrección. Estos acontecimientos históricos han incidido fuertemente en la vida de la humanidad. Jesús hizo este camino acompañado de sus discípulos: «Comenzó a enseñarles como era preciso que el hijo del hombre padeciese mucho, y que fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y que fuese muerto y resucitara después de tres días, claramente les hablaba de esto».
Ante ese anuncio de Jesús está la reacción de Pedro, que venía a sintetizar la de los demás apóstoles. Es el rechazo innato a la cruz, a la muerte, al fracaso humano. Jesús riñó a Pedro y le dijo: «Vete, Satanás, pues tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
La más peligrosa amenaza para la Iglesia y los cristianos es el rechazo de la cruz de Cristo. La cruz es el signo de la identidad cristiana. Es abominada por muchos, pero continúa atrayendo a millares de creyentes. La cruz se convirtió en el signo definitivo del amor fiel de Dios hacia todos nosotros.
El camino hacia Jerusalén condujo al calvario. En la cruz del calvario, el dolor y la muerte se abrazan con el amor y la vida. La cruz de Cristo nos hace entender el verdadero sentido del dolor y del sufrimiento que acompaña la vida de todos los hombres y mujeres. Claudel ha dicho que «Dios no vino a la tierra para suprimir el sufrimiento, sino para llenarlo con su presencia; una presencia que, sorprendentemente, es amor infinito».
Ante el misterio del mal y del sufrimiento, la contemplación de Jesucristo clavado en la cruz proporciona luz para entender con paz y profundidad ese penetrante misterio presente en toda persona humana.
Pero el camino a Jerusalén no terminó en el Calvario. Jesús murió en la cruz, pero resucitó. Esta es la victoria definitiva que vence al mal, al sufrimiento y a la muerte en este domingo de Ramos.