Matrimonios bipartitos


Ahora que estamos a punto de encarar la carrera hacia las elecciones municipales del 2011, es tiempo de analizar los mandatos que están a punto de fenecer, y especialmente en aquellos lugares donde se pusieron en marcha gobiernos bipartitos; unos, llamados de progreso; y otro, el de Muros, políticamente incalificable. No sé a qué conclusiones llegarán los protagonistas de los acuerdos alcanzados entre PSOE y BNG, y viceversa, siguiendo las directrices de las cúpulas de sus partidos (o pasándoselas por el arco de triunfo -como ocurrió en Porto do Son y Muros-) que a su vez extendían a nivel local aquel experimento autonómico que acabó como el rosario de la aurora: con el poder absoluto en manos del PP y la posterior caza de brujas de culpables externos a las infalibles formaciones que pusieran la pica en lo más alto de San Caetano, pero para el que suscribe el resultado del entente es negativo, y los hechos así lo indican.

Los bipartitos que se firmaron en la comarca se parecieron a matrimonios de conveniencia, a enlaces nupciales obligados, a bodas por anhelos familiares o económicos... La falta de cariño, de intereses y objetivos comunes han sido una constante. De una buena relación entre dos nunca sale uno o ambos perjudicados, sino todo lo contrario, es como la vida misma. Ni siquiera en los casos que parecen la excepción, como Boiro o, ahora, Porto do Son, hay lo que se dice una convivencia armónica. No salen a la palestra las diferencias, pero se sabe que, echando mano de lo que puede ocurrir en la intimidad de un hogar sin que se entere el vecino de al lado, el matrimonio se acuesta en la misma cama, pero no se respeta el lado preferido de cada miembro de la pareja, duermen culo con culo y, de vez en cuando, hasta se alivia la aerofagia por el escape menos benévolo. Y si los padres van tirando así, ni te cuento los niños. Claro que el domingo no faltan a la misa luciendo las mejores galas y rimbombantes apariencias de cara a la galería. Que no se diga.

Puestos a comparar, peor fue el emparejamiento de Noia, donde las infidelidades dieron al traste con el proyecto de familia, mientras que Muros es el mejor ejemplo de matrimonio de conveniencia, en el que las partes no se gustan, pero conviven con el único fin de conseguir los objetivos individuales de cada uno.

Cuando uno se casa de verdad, es decir, por amor, nunca puede establecer la dicha personal por encima de la común, de la misma manera que las formaciones políticas no debieran, a la hora de alcanzar pactos de gobierno, primar sus intereses partidistas por encima de los comunes, que son, ni más ni menos, que los del pueblo.

Lo malo (o lo bueno) de estos matrimonios es que se renuevan cada cuatro años, y ya se sabe, lo que la política ha unido puede separarlo el hombre.

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