Este verano me acerqué a la playa de A Ladeira, en el lugar de O Chazo, donde tiene las instalaciones el CINA. El jefe de turno de la base era un conocido, con el que crucé en velero bajo el puente de A Illa con la marea justita; por abajo, evitamos encallar, y por arriba, por milímetros, no nos cargamos el palo.
El CINA es una escuela de vela singular y atípica, cuyas siglas responden a Centro Internacional de Navegación de Arousa. Lo de internacional viene de 1968, cuando un grupo de jóvenes españoles que habían aprendido a navegar en las islas de la Bretaña francesa de les Glénans, y con la ayuda de los fundadores de esa escuela, constituyeron la entidad. Al principio era de verdad internacional, porque la mitad de los alumnos eran de otros países y se inscribían en París.
Los comienzos del CINA formarán parte de la historia de la ría de Arousa, porque, por aquel entonces, prácticamente los únicos barcos a vela que navegaban por ella eran las dornas de los pescadores y las embarcaciones de estos jóvenes que buscaban libertad y otra forma de entender la vida, en sintonía con las gentes del mar.
Hoy, el CINA tiene dos sedes, una en Madrid y otra en Boiro. Lógicamente, las actividades náuticas son diferentes en cada lugar. En Madrid se navega en los pantanos de Valmayor y San Juan y con barcos ligeros, de bajo calado, poca quilla y orza abatible, llamados derivadores. Yo incluso propuse, y no hace mucho, practicar wind surf en el estanque del Canal de Isabel II, en plena capital, pero la idea no prosperó, a pesar de que la petición a Gallardón la hice a través de Sabina. Al parecer la Espe vetó mi propuesta.
La sede de Madrid sirve también para impartir cursos, conferencias y otras actividades secas relacionadas con la vela. También es el centro administrativo de la escuela y donde se organizan actividades lúdicas, como celebraciones de fin de curso, cenas y fiestas relacionadas indirectamente con la vela.
Al CINA vienen personas de toda España, desde los 18 años hasta que aguante el cuerpo. La formación se estructura en diferentes niveles, y distintas duraciones, desde iniciación a la vela hasta el crucero de altura. Los monitores se forman progresivamente con los mejores alumnos de cada curso, y de esta forma se retroalimentan. Cada instructor decide la intensidad de su docencia, pero no cobra nada por ejercer como tal. Todos, alumnos y monitores, colaboran en las tareas de acondicionamiento, limpieza y reparación del material de los barcos y de la base, en la que comen y conviven.
Todo esto lo aprendí porque pasé por ello: soy monitor del CINA en la reserva y anduve seis o siete veranos por Arousa aprendiendo mucho y enseñando un poco.
El día de mi visita, el jefe de la base, Luis de Mingo, se apiadó de mí, cual hijo pródigo, y a regañadientes me asignó un barco. Salimos del fondeo y decidimos caer a estribor rumbo a A Illa. El viento del norte nos entraba por la aleta y pudimos navegar a un largo, que es algo así como ir cuesta abajo. Al navegar en el mismo sentido que las olas, el movimiento de estas queda amortiguado y, en esta configuración, las velas proporcionan el máximo impulso.
Es entonces cuando el patrón inventa el silencio. Con la mayor izada y foque desplegado, navegamos ligeramente escorados, sin más sonidos que el del roce del agua deslizándose bajo la madera del casco, y el del viento que infla las velas. El patrón, magnífico alumno, gobernaba la caña de tal forma que parecíamos deslizarnos sobre el mar como un esquiador sobre la nieve. Entonces me pegó una subida de adrenalina y serotonina que me dejó alucinado.
Les animo a que se informen sobre el CINA (cina.es) y sus cursos. Es una buena experiencia. Para muchos de los navegantes formados en esta escuela, tal vez sea algo más. Como dicen en Glénans, école de voile, école de mer, école de vie . (A Nicolás Agraït, el científico, y Ramón Albert, el bohemio, maestros y compañeros).