Tic, tac, tic, tac, tic, tac

Maxi Olariaga

BARBANZA

Esto es. No le dé más vueltas. Un tic, tac es esta vida nuestra, esta locura que nos lleva por los aires, buceando entre las nubes, jugueteando con el granizo, la lluvia y la nieve. Tic, tac?, se pasa la vida, tic, tac se viene la muerte, tan callando como decía la copla escrita cuando en el medievo comenzaba a alborear la luz de América. Tan callando, si. Así se llega la muerte después de agotar la máquina perfecta que fuimos y que cantaba en los amaneceres de amor el tic, tac de las olas.

Somos de cuerda finita, y nos guardamos para después una cuerda eterna, una rosca inmensa que envuelve un trillón de estrellas ensartadas en el hilo mágico de una vida más allá de las penas y las lágrimas. Somos tan débiles como la magia que cruje y se rompe como una hoja de oblea ofrecida al soplo de las hadas. Somos tan poca cosa? pero intuitivamente conocemos el camino que lleva al otro lado del paisaje. Así que todo se reduce a esperar la oportunidad única de doblar el cabo de la vida vieja y asomarnos a la galería maravillosa donde, escondida, espera la cara oculta de la vida. El último tren a ninguna parte que sale de una estación en la que los relojes «blandean» colgados de ramas estériles. Una estación en la que no podrá escuchar usted el fragor de la máquina, el chirriar de las bielas, el silbido del vapor. Silencio, silencio y silencio.

Usted y yo viajaremos en ese tren charlando en silencio de las mil y una cosas que nos han sucedido en la vida. Recordaremos las horas memorables de vino y miel y los tormentos nos parecerán nubes rasgadas en horizontes apenas vislumbrados. Cantaremos al son de una guitarra de cerezo las coplas que gota a gota se fueron destilando entre su corazón y el mío con el paisaje nuevo al fondo. Entonces recordaremos a Lin Yutang cuando nos dijo al oído que la mitad de la belleza dependía del paisaje y la otra mitad del ser que lo mira.

Usted verá su vida pasar a través de la ventanilla de jade líquido del vagón restaurante y se dejará embriagar por el aroma del café que flota entre las cortinas de cretona fina. Comprenderá entonces que, a pesar de la distancia, no hemos vivido vidas tan distintas sino muertes muy parecidas.

Compartamos pues paisaje y café, tal vez en el más allá esté permitido fumar en pipa un tabaco fino traído de Orión y beberse un buen trago de licor de uvas de Andrómeda. No miremos más el reloj. El tiempo está agotado porque ya no tiene principio ni fin. Venimos del futuro y estamos en el presente eterno.

Los relojes están detenidos desprendiéndose como caracoles por los muros de los castillos por fin construidos en el aire. Salvador Dalí se despertó obnubilado, enloquecido en medio del espanto de la noche mediterránea. La tramontana con su filo oblicuo segaba la vida desde la montaña hasta el mar y la genista espolvoreaba los caminos sobre los que Aníbal con su ejército de elefantes se dirigió a la conquista de Roma. Dalí lo vio en aquella noche porque por un momento estuvo al otro lado del paisaje y pudo pintarlo sobornando a Caronte que lo arribó de nuevo a este lado del río.

Muchos estuvimos un momento al otro lado del paisaje y sabemos de lo que hablamos cuando decimos que los relojes reblandecen al sol de Saturno y tratan de reptar con el tiempo a cuestas, caracoles de horas que dejan su rastro de baba luminosa para que conozcamos el camino de vuelta. Muchos de nosotros lo llevamos impreso en la memoria. Salvador Dalí se trajo con él la fotografía. Algún dios menor y corrupto se la vendió a cambio de un retrato de Gala. Seguro.