El horror en los tiempos del cólera

Maxi Olariaga

BARBANZA

Las bellísimas páginas del libro de Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera, caen hoy como copos de nieve impura sobre las calles nubladas de polvareda nonsancta en Haití. El amor yace entre las arrugas profundas del terremoto, aprisionado por la fuerza inmensa de los Titanes que dominan la tierra. El amor, camino de la mar, salta y brinca ahogándose en los remolinos de las alborotadas avenidas de agua que derriban las pocas estatuas, las escasas columnas y balaústres que el seísmo dejó en pie. El amor se fue con los dioses de la amargura y se quedó el horror a vivir en Haití.

Esta foto que ví no hace mucho publicada en La Voz de Galicia, es un descenso al infierno que todos alguna vez hemos presentido bajo los pies en las oscuras y largas noches sin luna y sin sueño. Ver esa foto en el bar mañanero y no sentir como el café se precipita como una daga en el fondo del estómago, es una provocación a la autoestima. Este mundo que como una anaconda enamorada nos va envolviendo en sus anillos violentando toda la maravillosa arquitectura de nuestro cuerpo, está acabando con nosotros, bebiéndose nuestra saliva hasta embriagarse.

Hace muchos, muchísimos años que nos miramos el rostro en el fondo de un espejo roto para no reconocernos. Paseamos sobre los huesos que el desastre va desperdigando aquí y allá y nos hemos acostumbrado de tal forma al fétido aroma de la muerte, que envueltos en perfumes de rosas marchitas, pisamos insensibles las alfombras de costillas, corazones, hígados y sesos fríos y pobres, que los días van dejando sobre la tierra quemada por la blasfemia.

Esa mujer que yace desarbolada después de la batalla como un buque que un día fue bello y marinero, es nuestro yo un millón de veces reflejado en el millón de añicos en que con rabia incontenible, hemos convertido nuestro espejo. Esa mujer que vive su última hora en el horror de los tiempos del cólera, aún conserva una voz de papel que se oye en todo el mundo y clama justicia. No somos ella porque hemos nacido a miles de kilómetros de Haití y hay un océano por medio. Pero ese es todo nuestro mérito. Poco mérito es ese para que el alma no se oscurezca y se esconda avergonzada en el fondo de la caverna, allí adonde creemos no puede llegar la mirada de los demás. La mirada de los demás llega y el que mira sabe que a su vez es mirado, penetrado.

Todos sabemos bien quienes somos y lo insensibles que podemos llegar a ser. Por eso callamos y por eso apadrinamos niños lejanos que nunca conoceremos y levantamos con una limosna escuelas que nunca pisaremos. Enviamos medicinas, mantas, leche, mermeladas, juguetes y dinero que llegan diezmados a su destino. Cientos de millones que como las migas de Pulgarcito van quedando por el camino a merced de los buitres. Somos una cruel raza inmerecida que no merece este mundo tan hermoso que nos hemos encontrado gratis, este espectáculo maravilloso al que hemos podido acceder sin entrada. No nos merecemos los cambiantes colores de la mar ni el cielo estrellado que en él se refleja. No nos merecemos la sangre que se encabrita cuando el amor se acerca a nuestra boca a menos de una cuarta de aire vivo. No nos merecemos llamarnos ni ser llamados seres humanos mientras esa mujer desnuda y tendida en el desesperado colchón de la calle siga mirándonos con la luz verdadera que nos alumbra tras la puerta que sabe abrir la experta mano helada de la muerte.

Soportaremos resignados la naturaleza muerta de esta fotografía porque la anaconda hace crujir nuestro costillar y mejor será estarse quieto y en silencio. Pero esa mujer cuya desnudez tiene una claridad que nos alumbra como escribió Benedetti, estará siempre ahí como testigo de nuestra infamia y de nuestra ominosa rendición.