Cuando el respeto falta

Juan Ordóñez Buela

BARBANZA

Igual que, en legislaturas anteriores, fuerzas de izquierda y determinados grupos acabaron sintiéndose defraudados por un Gobierno que fue alejándose, más y más, de sus propios postulados de partido, sin dar satisfacción a quienes, sin duda, más debía, existe la impresión de que a los gobernantes de ahora pueden estar comenzando a pasarles lo mismo.

Por lo general, los afines suelen poner demasiadas esperanzas en los suyos cuando llegan al poder. Quizás aquellas sonrisas que veíamos en empresarios de la cúpula más alta y otras que, más discretamente, esbozaban algunos miembros de la iglesia de mayor preeminencia, hayan empezado a apagarse.

A los empresarios de muy arriba, los que siempre quieren hacer lo que les viene en gana y pretenden tener su sardina cerca del ascua, no les ha debido de sentar demasiado bien el entendimiento procurado y, al parecer, conseguido, al menos en ciertos sentidos, entre gobiernos y sindicatos. Allí están ellos y solo ellos a la hora de conseguirlo todo. La última impresión es que también el alto clero esperaba en exceso de sus amigos de la derecha, que para eso son o dicen ser católicos sin tacha, de misa y comunión.

Pensaron probablemente en una vuelta incondicional en todos sus viejos privilegios, son difíciles de otorgar y devolver cuando se está arriba, y las responsabilidades de gobierno impiden dar rienda suelta incluso a lo que las propias creencias aconsejan.

Por mucho que los gobernantes de hoy tengan fe exagerada en la importancia de lo privado y, dentro de ello, por ejemplo, la enseñanza, con el consiguiente predominio y prepotencia de la enseñanza religiosa, no pueden ignorar que la pública está ahí y es suya, al fin, la responsabilidad de mantenerla. Se quejan también los eclesiásticos de la actual diferenciación, a la hora de de las declaraciones de la renta, entre la iglesia y las conocidas hoy, familiarmente, como oenegés; querrían verla desaparecer.

Al menos, es de suponer, mientras todas las dichas organizaciones no sean suyas, pues si así fuera la distinción no les importaría tanto. Y lamentan en suma sus autoridades que la relación con el Gobierno no resulta, contra todo lo esperado, fácil. La causa no es otra que la apuntada ya: ellos también lo quieren todo.

No hay costumbre, entre nosotros, de respetar al poder civil y lo que representa de gestión de los intereses comunes. Entre otras cosas, porque tradicionalmente, lo común se tiene en poco y lo que de veras preocupa a quienes ocupan diversas parcelas de poder social y económico son sus propios intereses.

Los términos común, solidaridad, interés general, igualdad y otros de parecida entidad y significado son solo para ellos palabras. Únicamente palabras para ser pronunciadas de cara a la galería y dejar que los cándidos las crean. Pero siempre luchando, en el fondo, por lo suyo particular, aunque perjudique a los demás, a los que no son de los nuestros, de los que creen en lo que nosotros creemos o persiguen lo mismo, confesado o no, que perseguimos nosotros.

Al poder civil y político, lo ostenten unos u otros, no lo respetan quienes solamente piensan en el negocio lucrativo para sí mismos. Y al acervo del laicismo, aunque tenga peso en la sociedad, tampoco lo respetan los de siempre, en el hondón del alma, a veces sin reconocerlo y casi sin saberlo, echando de menos los rigores de la Inquisición, con su carga de intolerancia y de exclusividad.

A este respecto, los obispos de Francia han aprobado un documento en el que abordan la actual situación de crisis del catolicismo. Rechazan asimismo otra tentación que, de antiguo les ha venido caracterizando y que, a mi modesto entender, ha promovido y consolidado no poco del rechazo creciente de la sociedad: su maniqueísmo, la diferenciación que suelen hacer entre los que son «buenos» y los «malos».

Desgraciadamente, aún presente, entre nosotros, aunque no se hable de ello; pero son muchas las actitudes evidentes que todavía continúan colocando a las personas a la derecha o a la siniestra mano ya sabe de quién.

Sigo pensando, que cuando el respeto falta, es que a Dios se le olvidó hacer el control de calidad.