Daños colaterales

Maxi Olariaga

BARBANZA

Me gustan los percebes de Aguiño, la empanada de zamburiñas de mi suegra, la lánguida mirada de Buffy, el bóxer de mi hijo y me gusta el fútbol. Me gusta la literatura y las artes todas, me gustan las tertulias llanas y el caos de las obras que traen trabajo e inversión. Me gusta la política endeble y la salud frágil que me toca vivir. Me gusta el arco iris y la puesta de sol en Monte Louro. Pero les aseguro que estoy contra el empacho y la indigestión.

No podría soportar tres jornadas consecutivas comiendo percebes o empanada y no resistiría una tarde mirándome en los maravillosos ojos de Buffy. Dios me libre de encerrarme cuarenta y ocho horas en un museo conversando con mis mejores amigos y además espero que la poca salud que tengo no acabe por irse al garete estoqueada por la cuadrilla que desde ayer rehabilita mi tejado. Son buena gente y necesaria. Pero, oiga, ¡cómo le dejan a uno la casa, las escaleras, los pasillos!.

Vibra el cuerpo como un muelle tenso a cada golpe de bandarria, a cada izado de grúa. Y tiemblan mis plantas y mis pájaros, sabedores de su indefensión ante el turbio ruido de las cizallas y las taladradoras. No estaré nunca dos días colgado del arco iris ni del ocaso porque la naturaleza es sabia y basta con una dosis cada diez días. Pero ¿quién logrará huir del desmadre del Mundial/10 de fútbol? Toda la energía desatada como una furia por los millones de seguidores de La Roja, hubiera podido levantar este país en meses al no haber entre los cuerpos fisura alguna por la que se desperdiciara esa torrentera de voluntad y fe que se desparramó por las calles y las plazas, en la intimidad de los hogares y sobre el dolor de los hospitales.

Esa marea roja y gualda que alfombra el asfalto, decora el cemento y trepana el cráneo, manufactura, con precisión de relojero, un producto energético envasado en un casco desechable que hubiera podido transformar esta sociedad en un nuevo renacimiento si fuese aplicada en la dirección correcta. Porque la cultura, el cultivo de la mente y el avance social no son sino agua fresca que canalizada y llevada a los motores siempre encendidos del alma, lograría saciar la sed de una sociedad digna de este planeta. Fe, voluntad y energía duermen dopados bajo la bóveda cortical y, desgraciadamente, se derrochan en fines secundarios.

El fútbol, por ejemplo. No seré yo quien diga no al fútbol, deporte del que soy militante, pero si debo dejar escrito que vista la fuerza colosal narcotizada en los trasteros de millones de almas, clamo por el raciocinio para poder comprender que todas las desgracias de la guerra, el hambre y los desajustes económicos que padecemos, no son sino daños colaterales de la estupidez humana que poco a poco, sin remisión, nos acerca al abismo.