De nuestras viudas, como de otros muchos asuntos importantes, solo se habla en épocas de elecciones. O sea que, ayer, desayunando con dos de ellas en una cafetería de la peatonal boirense, casi aplaudimos el artículo publicado en la prensa gallega sobre las viudas. Lo de casi es simple prudencia, porque ya sabemos cómo las gastan los políticos. Pero la realidad es que el convergente PSOE acaba de defender una proposición no de ley que busca mejorar las pensiones de las mujeres que tienen como único ingreso la prestación por viudedad. Ahora los políticos se han dado cuenta de que cada viuda es un voto, con o sin bastón.
Cuentan que, en este país, son aproximadamente ochocientas mil las mujeres que viven con menos de quinientos euros al mes. Siempre escribo lo mismo, pero es que esto no cambia y por eso insisto o me repito. En este país solo nos interesan las viudas de la India. A las nuestras también las condenamos a la hoguera cuando mueren sus maridos, pero las hogueras de aquí no se ven, se palpan en el ambiente.
Nuestras viudas, por lo menos mis amigas, se preguntan qué sentido tiene ayudar económicamente a ciudadanos de otros países cuando aquí, en el nuestro, hay muchas personas que, como ellas, no llegan a fin de mes. Las viudas, señores políticos, las viudas, antes que nada. Antes de hacer propaganda para atraer turistas, que cada vez hay menos, hay que mirar en nuestras calles, que es donde viven nuestras viudas. Nunca hay manifestaciones por nuestras viudas. Solo ellas se manifiestan de palabra con sus quejas pidiendo solidaridad. La solidaridad es, pues, en demasiados casos, simple propaganda. O un oficio para algunos políticos aventureros sin aventura, pero con beneficio.
Los socialistas dicen que esa proposición de ley es una barbaridad y que hay que hacer una reforma en profundidad de las pensiones de viudedad. Los del PP apoyan la propuesta, porque forma parte de su programa electoral. Los del BNG la apoyan y añaden que hay una deuda histórica en las viudas.
El mejor aliado político es la muerte. Ella soluciona, diariamente, los problemas sociales que el político no sabe o no quiere saber solucionar. Pero estas realidades se aprenden en los geriátricos de pago, lugares que nunca pisan los políticos. Ellos siempre tienen plaza para sus mayores en los geriátricos públicos. Y después hay quien se atreve a decir que la vejez no tiene edad, y nuestras viudas, dinero.