Año de bienes. Que así nos decían entre las humedades de las antiguas escuelas, donde convivían cuarenta alumnos de todos los cursos, el mapa de España y un abollado globo terráqueo. Una comunidad con necesidades materiales, aunque sobrada de valores, algunos más acertados que otros es verdad, pero al fin y al cabo valores. Como el respeto por un maestro o maestra que en parte suplía salario por vocación. Sin conflictos generacionales. Con humanidades y roles definidos. Sin atenuantes psicológicos. Donde el castigo era eso, un castigo. Conocido previamente, de aplicación inmediata y casi siempre merecido. Un modelo que a pesar de todos sus fallos nos llevó del ostracismo a Europa. Después llegaron un sinfín de siglas, de reformas y experimentos. De necios metidos a ministros. Aquellos que cuando no hacen nada, malo; y si lo hacen, peor. El resultado a la vista está y no necesita de muchos comentarios.
Pero a lo que íbamos. Esperemos que esos augurios del refranero se cumplan. La sociedad española, la real, está necesitada de buenas noticias. Los cuatro millones de parados. El millón de autónomos que está en serio peligro. Los miles de empresarios y emprendedores atascados en decenas de trabas para sacar adelante sus proyectos. A todos ellos ya nos les valen las buenas intenciones ni los discursos floreados. Todos esperan que este año nos muestre una cara más amable que el 2009, que en parte se conseguirá si nuestros políticos se conducen con algo más de sentido común, con generosidad y altura de miras.
En la comarca el año ha comenzado con la grata noticia del saneamiento de la ría de Noia. Una asignatura pendiente durante que parece tendrá su momento en los próximos meses. Esperemos que a esta grata novedad se le sume la ejecución de la manida variante, un asunto que durante años ha lastrado el desarrollo de ese municipio. Por lo demás ausencia de grandes proyectos locales y pocas expectativas comunes. Cada vez que circulo por la autovía, a la altura de Rois, se me escapa la vista a las obras del AVE y pienso en el tren, qué lejos a pesar de estar tan cerca.
Lo que sí sobran son conflictos y disfunciones por todos los consistorios. Algunos, por largos, casi son admitidos como normales. Opositores con modorra y gobernantes enfrascados en la búsqueda de impuestos y tributos con los que aguantar ante la debacle de la construcción. Economía de subsistencia pura y dura. ¿Estamos en la etapa más gris en la vida municipal desde la reinstauración de la democracia? Yo creo que sí. Falta ilusión, a lo que podemos sumar la ausencia de ideas frescas, de imaginación y, no menos importante, de liderazgos sólidos que puedan diseñar una nueva etapa. Por eso, y disculpen la insistencia, en este contexto de crisis, es más necesario que nunca que la Mancomunidad asuma de una vez por todas su insustituible papel. Y mancomunar es -vigésimo segunda edición del mataburros de la RAE dixit- unir personas, fuerzas o caudales para un fin. A lo que yo añadiría «mediante el cual mejoramos una situación o la efectividad de un servicio, pero con menor coste de lo que supondría la suma de las respuestas individuales». La esperanza es lo último que se pierde.