El desfile de ayer, hoy y siempre

BARBANZA

Las comitivas desataron la locura e hicieron que costumbres como las de coger al vuelo los caramelos volviesen a reinar

06 ene 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Las cabalgatas son, en realidad, una gigantesca caja de recuerdos. Sobre todo, para quienes hace tiempo que dejaron de ser niños y ven las comitivas con las gafas de adulto puestas. Y es que, año tras año, fieles a su cita, los desfiles logran que pequeños y mayores abracen costumbres que, quizá, parecen muertas el resto del año. Basta dar tres detalles de cómo transcurrieron las cosas en Ribeira para darse cuenta de esta realidad. Pasen y vean.

Costumbre uno. En Santa Uxía, como en infinitos lugares del mundo, la cabalgata, en realidad, empezó hace días para muchos niños. Sí. Porque, aunque ellos no vieron a los Reyes Magos hasta ayer por la tarde, llevaban tiempo con hormigueo en el estómago; con esas cosquillas que siempre le aparecen al que anda nervioso por algo. Le pasaba eso a niñas como Paula y Delia. Claro que lo de ellas es normal. Porque formaban parte de ese afortunado y numeroso grupo de críos que ayer iban subidos a las diez carrozas que desfilaron junto a las de Sus Majestades. Ellas, como otros pequeños y como lleva pasando desde tiempos inmemoriales, al principio tenían vergüenza, pero, a las cinco y media de la tarde, estaban más felices que perdices tirando caramelos desde lo alto de la palestra. Vamos, como lleva ocurriendo toda la vida.

Cargados con bolsas

Costumbre dos. Da igual que las carrozas, como las que ayer lucieron en Ribeira, sean de una enorme elegancia y permitan observar desde gigantescas estrellas a elefantes o figuras orientales, lo importante es otra cosa. ¿Quién dice que a los niños no les pirran los caramelos? Al menos en las cabalgatas, la realidad cuenta otra cosa. Pequeños y no tanto armados de bolsas o incluso cajas se desvivían ayer por coger al vuelo los caramelos que iban tirando desde los tronos. Menudas piruetas hacían algunos para alcanzar las golosinas. Tantas, que la policía y los miembros de la organización tenían que andar a cien para que nadie acabase con el pie debajo de una rueda o algo por el estilo. Es decir, que los caramelos, al menos cuando van por el aire, siguen teniendo el poder hipnotizador de antaño.

Costumbre tres. Como ocurre siempre, los últimos quieren ser los primeros y los empujones por ver a Melchor, Gaspar y Baltasar en primera fila siempre están a la orden del día. Ocurría así en algunas calles de Ribeira, como el Malecón, donde todo el mundo quería lugar de preferencia para observar los movimientos de los de Oriente. Menos mal que, como siempre suele ocurrir, al final hay una voz juiciosa que, como pasaba ayer, dice: «Que los más pequeños se pongan delante, que no ven».

Con estos detalles, queda claro que la cabalgata permite a cualquiera hacer un Cuéntame cómo pasó de su vida. No es de extrañar que un niño rubio y delgado gritase en medio del desfile: «Mami, que no se marchen más», en alusión a Melchor, Gaspar y Baltasar. Eso, que la magia de los Reyes dure todo el año.