A medida que avanza la entrevista, Santos Oujo desgrana añoranzas de un tiempo pasado, pero muy presente. Su mujer, Esperanza, ocupa el vértice del triángulo como testigo mudo del encuentro y él recuerda cuando se conocieron en Madrid a los dos años de estar estudiando. Una madrileña y un gallego: Una madrigallega.
-Empieza a ejercer nada más acabar la carrera, ¿no?
-Cuando saco el título empiezo la carrera. Ahí empezó lo bueno y continué estudiando Empresariales por el Icade todas las tardes. Empiezo a trabajar en Telefónica en el departamento de Internacional. Mi primer cometido fue de responsable de Operaciones en el Índico. Viajé por Filipinas, Tailandia, Japón... en el año 1968. -Y finalizado ese período, vuelve a España. -Sí, y solicito volver a Galicia. Nos establecemos en Ourense 22 años, yo como delegado de Telefónica dirigiendo un equipo de cuatrocientas personas en un momento muy interesante para la compañía. -Aquí es donde aparece el virus de la política. -Más que aparecer se desarrolló. Se lleva dentro. Siempre con Eulogio Gómez Franqueira y, además, tuve el honor de ser diputado en el primer Parlamento de Galicia, constituido en el Pazo de Gelmírez. Viví toda esa fase; primero, en Gelmírez; más tarde, en Fonseca; y después, en O Hórreo. -Pasa de diputado a conselleiro de Industria, Comercio e Turismo en el tripartito; toca poder real, ¿qué se siente ejerciéndolo? -Una gran responsabilidad. Tienes que cumplir lo que dices. Yo sé el valor de la palabra. Hay que tener mucho cuidado con las promesas. Si se promete algo hay que tener la certeza de cumplir, sino encontrarás a quien se lo has prometido recordándotelo. Uno no puede permitir que se le suban los colores a la cara. -¿Dónde estaba Barbanza en su gestión de conselleiro? -Siempre estaba presente. Me acuerdo de Juan Penalta, primer presidente de la Federación de Empresarios del Barbanza a quien incité para que se unieran las asociaciones locales de nuestra comarca. Me di cuenta que el mundo que se avecinaba rechazaba los reinos de Taifas. O te unías o desaparecías. Creo que a los conselleiros el pueblo le permite hacer obras en su ayuntamiento porque sabe que tiene que mirar por sus vecinos; lo que no perdona es que pongas a trabajar a tu hijo de forma oscura, o que subvenciones a la empresa de un amigo y que los demás se queden marginados. No perdona este tipo de caciquismo. Y me parece bien. -¿Qué sensación tiene de todos estos años en la política? -Me quedo con Euclides, con Wittgenstein, Kant, Benedetti, García Márquez. Al final todo vuelve. Cuando dejas una responsabilidad como la de conselleiro, las llamadas se reducen en dos días en el 90% y un mes más tarde quedas con los amigos de siempre. -Primero Ribeira... -No soy chovinista, pero primero Ribeira, claro. Uno es de donde nace, porque tenemos una serie de afinidades. Hay vivencias irrepetibles en la infancia que te unen a tu lugar aunque siempre he visto Barbanza como unidad natural.