Las plazas de la villa rebosan de turismos, mientras el párking está siempre vacío
14 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Rafael Dieste. La belleza del Pazo de Martelo y la iglesia de Santa Columba queda disimulada por una enorme cortina de coches. Además, y aunque alrededor del cruceiro hay una línea amarilla, también suele haber vehículos en medio del recinto
Castelao. Las plazas se quedan cortas y es habitual ver turismos aparcados en doble o incluso triple fila
A Praciña. Tampoco las casas do remo de A Praciña ni su adoquinado lucen debido a que los vehículos campan a sus anchas en la zona
Dice el lema Rianxo, o paraíso existe. Y no se engaña. Sin salir del centro de la villa, es posible recorrer empedradas plazas; ver, aunque sea en estado semirruinoso, las viviendas en las que un día residieron los tres ilustres rianxeiros; recrearse en antiguas casas do remo y, cómo no, regalarle a los ojos la bella estampa que ofrece el Paseo da Ribeira. Pena que todo ello tenga que ser observado entre matrículas, retrovisores y carrocerías. Sí. Porque, salvo aquellos lugares a los que es imposible acceder porque son demasiado estrechos o tienen escaleras, todos los rincones de la villa están a merced de los conductores. Ayer era un buen día para comprobar que, desafortunadamente, no hay esquina que se salve de los cuatro ruedas.
El recorrido empieza en A Praciña. Aunque el adoquinado del suelo y la magia del lugar piden a gritos liberarla de coches, podría entenderse que hubiese vehículos estacionados delante de las casas, por aquello de que dejar el automóvil lejos si uno lleva bolsas es una pesadilla. Lo que cuesta más comprender es lo que ocurría ayer, cuando había coches a pie del cruceiro, sin orden ni concierto alguno.
La historia sigue en la plaza Rafael Dieste. La iglesia, el pazo de Martelo y el cruceiro forman una combinación digna de ser admirada. Pero los coches apenas dejan que el visitante pueda fijarse en ellos. Como en A Praciña, ayer no solo había vehículos alrededor del recinto, sino en medio y medio, al ladito de la cruz de piedra que preside la plaza de la iglesia parroquial.
Suma y sigue en la rúa do Hospital. Ahí, el despiporre de vehículos sobre las aceras era ayer de tal calibre que los peatones optaban por ir por la carretera. El mundo al revés. Incluso lo hacía una mujer que llevaba un crío en un carrito al comprobar que era imposible ir por el espacio reservado para los peatones sin tropezar con los turismos.
Y qué decir de la plaza de Castelao, donde manda la zona azul. Aparentemente, esta medida es positiva. No en vano, favorece la rotación de coches en un entorno muy transitado y a tiro de piedra de la zona comercial. Pero el problema no son los automóviles que, bien estacionados, rodean la plaza por los cuatro costados. Lo curioso es que hay vehículos en segunda, tercera e incluso cuarta fila constantemente. Sobre todo, en días como ayer, cuando el mercadillo invita a ir a la villa.
Desierto total
Tras este recorrido entre tubos de escape por los lugares más bellos de la villa, toca comprobar cómo está el párking municipal. Y ahí llega la gran sorpresa. Es el único lugar de Rianxo donde escasean los coches. Sí. Ayer, a media mañana, con el mercadillo de bote en bote y las tiendas con una clientela abundante, en la primera planta del estacionamiento público -que, por cierto, es gratuito- había menos de una decena de vehículos. En la segunda, ni eso: no había estacionado absolutamente ningún turismo.
Así , el recinto podía observarse de cabo a rabo sin que ningún cuatro ruedas le tapase la vista a uno. Pena que sus blancas paredes y columnas sean mucho más feas que la plaza Rafael Dieste o el paseo da Ribeira. Porque ver, se ven mejor.