Máquinas con cuchillas al alcance de niños, cuadros de luz con cables sueltos, cristales rotos... Todo está en las obsoletas naves
09 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Si un cineasta necesitase inspirarse para rodar una película de terror, sin duda, debería darse un paseo por las fábricas abandonadas que hay en el litoral barbanzano. Solo con poner un pie en ellas -en la mayoría, las puertas fueron destrozadas y entrar está a la mano de cualquiera- un escalofrío recorre cualquier cuerpo. Y, aunque el panorama es desolador en todas y cada una de las naves, el escenario que ofrecen es distinto dependiendo de la actividad a que se hayan dedicado; como si las gigantescas factorías se empeñasen en guardar alguna esencia de lo que en su día fueron.
En el puerto de Escarabote comienza un recorrido por la galería o guarida de horrores. Si la fábrica en cuya fachada aún se lee Conservas Escurís mantiene las puertas cerradas y la única molestia que causa es a la vista, las cosas empeoran si uno se acerca a otra factoría a tiro de piedra; la nave en la que un día se fabricó terrazo. Por uno de los laterales, las que algún día debieron ser puertas no sirven ahora nada más que para amenazar a los viandantes con sus hierros a medio caer. En todo caso, no suponen atranco alguno para entrar al corazón del edificio.
Una vez dentro, se mire a donde se mire, la visión es la misma. Cristales rotos por todas partes, cuadros de luz con los cables sueltos, posibles trozos del viejo terrazo campando a sus anchas... Y, aderezando todo un plató terrorífico, el vuelo de decenas de aves que hicieron suyas las viejas instalaciones. Fuera, unos alambres oxidados y retorcidos son la única separación entre una especie de sala de máquinas y la playa. A media mañana, en la zona solo se ve a un joven que adiestra un perro, pero uno bien se puede imaginar a niños jugando en la cercanía de unos aparatos que, además de oxidados y llenos de hierros, tienen cables y palancas.
A dos metros bajo tierra
La historia suma y sigue en A Ribeiriña, con dos nuevas muestras de la horrenda vejez de dos fábricas. En la antigua harinera de Hadasa lo peor está en el exterior; sin puertas ni protección alguna. No en vano, como a unos dos metros de profundidad, desde dentro de una especie de fosa de cemento, saludan las enormes y cilíndricas cuchillas de unas máquinas. Muy cerca, en una especie de antiguos vestuarios, el olor es nauseabundo. Por suerte, las puertas que llevarían a la parte central están cerradas. Eso sí, antes de toparse con ellas, en el porche, uno tiene la oportunidad de pisar los cien mil cristales que fueron cayendo de los ventanales y unos sacos que uno imagina que en su día se usaban para meter pienso o harina.
Sin moverse de A Ribeiriña, los pies llevan hasta los restos de La Onza de Oro, el lugar donde la pasada semana acabó la vida de un joven. Las puertas están cerradas, pero alguien se las ingenió para hacer un hueco en la pared que invita a pasar hasta la cocina. Sin duda, nada más entrar, aunque uno no tuviese ni idea de qué empresa creció entre esas paredes, sabe de sobra que está en una conservera. Como si de una macabra obra de arte se tratase, en el techo hay incrustadas miles de tapas de latas. Además, en el suelo aún se encuentran viejos documentos sobre la facturación e implantación de la antigua compañía.
Viajar hasta Castiñeiras es sinónimo de encontrarse con otro panorama dantesco; esta vez con piezas chamuscadas incluidas. En Corrubedo, Muros y Carnota algunas fábricas están ya sin cubierta y sus muros amenazan con venirse encima del que deambule por sus alrededores. Si no se cambia de rumbo, en lugar de una película, las historias de terror que acumularán estas naves serán reales.