Maximalia
17 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Galicia Siglo XX, editado por La Voz de Galicia, reproduce en uno de sus capítulos un ramillete de reclamos, así se llamaban entonces, de la España que transitó sus días entre 1940 y 1950. Son casi todos de una inocencia y una ternura que conmueve. Desde las lámparas Yria cuyo eslogan era «a dinero español, producto español», hasta el papel de fumar Galicia, de «hilo puro», resaltaba el fabricante, pasando por el Nitramón cálcico que en As Pontes fabricaba la Empresa Nacional Calvo Sotelo, o el Ponche de la Gallega, en cuya etiqueta ondeaba la bandera española y la gallega sobre el escudo del reino de Galicia; todos ellos emitían un mensaje subliminal de que lo nuestro, lo enxebre, podía conectar con el consumidor. En medio no podía faltar, naturalmente, el enardecido defensor del régimen que en aquellos días primeros de lo triunfal, abría su anuncio con un ¡viva España! Y así como los anteriores fabricantes, incluso el Banco de Bilbao que anunciaba sus libretas de ahorro con una pareja de gallegos vestidos a la usanza clásica camino de la era, este fervoroso comerciante de la delicadeza que propone un producto como las medias de mujer no fue capaz de sustraerse a la atractiva parafernalia del franquismo utilizando incluso una bellísima militante de la Sección Femenina de Falange. Así con los tiempos de nuestro vivir. No son mejores las cataratas de anuncios con los que en la actualidad pretenden conectar con el consumidor. La violencia de las imágenes, la agresividad que se manifiesta en continuos vaivenes de luz, imagen y sonido dejan al espectador desarmado, dolorido, atolondrado, malherido. De vez en cuando, menos mal, la pantalla vierte uno de esos remedios de «consulte a su farmacéutico» que, por unos segundos, calman el ánimo. Para todo hay remedio. La estética del producto moderno prima sobre la calidad muy frecuentemente con lo que uno no puede dejar de evocar aquellos de los sepulcros blanqueados por fuera y atestados de carroña por dentro. La hermosa manzana que la bruja da a Blancanieves subyace en el fondo de los anuncios, y los consumidores perseguimos por el bosque aquellas frutas que nos son inalcanzables. Viajes increíbles a un paraíso hecho a tu medida. Coches en los que uno puede quedarse dormido al volante que ya la máquina se encargará de llevarte sano y salvo a casa. Perfumes que desmayarán, rendirán a tus pies el amor elegido, por lejano que sea tal sueño. Vida maravillosa Casas que se planchan, se limpian, se cocinan solas, y bancos que las pagan, las regalan para que tú llegues cansado al atardecer y te relajes en un asiento que a golpe de mando a distancia te masajea las vértebras y te abre de par en par los vasos sanguíneos para que los invada un chorro de oxígeno puro. Duchas como las fuentes de Versalles que riegan cada centímetro de tu piel horadando los poros y humedeciendo tu fuero interior como si fueras un liquen. Teléfonos y ordenadores con los que, sin moverte de casa mientras acaricias tu corbata de seda o tu pañuelo de cachemira, haces grandes inversiones en países donde cae la noche mientras en el tuyo es mediodía. Comidas maravillosas que sabios cocineros han preparado para ti que sólo tendrás que darle a un botón del microondas para dejar pasmada a la pareja con la que vas a pasar la noche sobre un colchón más potente para tu sueño que un anestésico quirúrgico... todo al alcance de la mano. ¿Por qué entonces tanta infelicidad, desamor y frío en las almas? ¿Por qué tan pocos gozan de los productos que regurgita una y otra vez la ultra pantalla de plasma? Seguramente han logrado una fábrica de sueños, de deseos en la que nosotros mismos somos el proletariado. Tal vez no hacemos otra cosa que trabajar para ellos, esos que anuncia la revista Forbes. Acaso la única y triste meta que perseguimos no sea otra que llegar a ser uno de ellos. Sueño imposible que se cumplirá el día de nuestra muerte. Ahí estaremos a la par con ellos, pero entonces no tendremos fuerza ni consciencia para valorarlo. Hace tiempo bajé de ese tren y me llamó la atención la cola que había en la estación para subirse. Observé el cartel: La Gloria de las Medias con toda su parafernalia «cogía los puntos a las medias gratis», pero con jota. Vamos, que le veías el fallo... pero a estos; ¿quién, quién podrá con ellos?.