Tres tristes tigres

Maxi Olariaga

BARBANZA

Maximalia

30 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

No, no, no. No son tres tristes tigres. Son, en lo que yo les descubrí, en aquello que averigüé y en la huella que dejaron, tres alegres tigres sin uñas ni colmillos. Tres hombres buenos. Según informa el dorso de la foto, esta fue obtenida el 24 de abril de 1960, víspera de San Marcos. Seguramente don Modesto, don Generoso Souto y don Basilio cambiaban impresiones en los jardines Felipe de Castro sobre el festejo noiés. La luz parece indicar el mediodía y, por tanto, pronto sería la hora mágica de acercarse al Aviación, al Ourensano o al Escorial a palpar la blanca y tersa porcelana de la taza de ribeiro. Viejas tascas ya desaparecidas en las que se mezclaban el aroma del tabaco de liar con la acidez del vino y el frescor de la madera o del mármol de las mesas restregadas con bruza empapada en lejía. Aquel cóctel al que se añadía el olor gris de la bata de dril del tabernero, el sudor fresco de los peones y el Zotal desinfectante con el que se rociaba el oscuro sumidero del retrete, flotaba en la atmósfera alrededor de las bombillas de 25 vatios y salía de paseo a la calle hasta llegar a la alameda, donde se convertía en agua de colonia. Jugando al trompo a la puerta de esas tascas, por muy niño que fueras, percibías la vida que te esperaba. Una vida de corbata y traje oscuro, de café en La Terraza o el Avenida, de siesta y diario hablado en Radio Nacional. Una vida de paciencia y de mujer en casa, de afeitado a navaja, de No-Do y Genoveva de Brabante, de baile a la vera del palco de la música. Dominó en el Liceo y timba en el Casino. Horas y horas desprendidas del reloj de San Martiño como pompas viajeras y transparentes. Horas en las que el charol del que habló García Lorca brillaba, amenazante, en los caminos. Esa vida vivían estos que no eran tres tristes tigres. Memoria histórica Los recuerdo este año de la memoria histórica porque formaron parte de la España sin memoria. Los tres republicanos, cultos con sus labores ganadas con estudio. A don Basilio, que había estudiado Peritaje Agrícola en Pamplona, yo le regalé una canción que aún andará prendida de las nubes y él me regaló un dibujo memorable. Don Generoso era jefe de Telégrafos y, en su momento, fue depurado por el franquismo hasta el punto de que, regresado a Santiago, era seguido permanentemente por un agente policial, lo que dio origen a las más chuscas anécdotas que él contaba con aquella voz maciza como el eco de la resaca marina. Don Modesto, secretario del juzgado, con algún hermano camino del exilio, también sufrió algún zarpazo de las verdaderas fieras. Los tres dejaron familia en Noia enlazando así la España sucia, a la que sólo hacía limpia la fe de los ciudadanos como ellos, con esta España de hoy en la que la libertad lucha por sí misma sorteando la política, la economía y sus propias sombras. Aquellos ciudadanos en las capitales, en los pueblos y en miles de aldeas, aquellos que sí que fueron padres de la patria, si es que la patria existe. Todos los resistentes al poder, sea cual fuere la época que les tocó vivir. Todos los denunciantes del abuso en cualquier rincón del mundo son, fueron y serán ángeles que las estrellas nos envían portando una luz en su dedo índice para que no nos extraviemos en la oscuridad. Todos los hombres y mujeres que metieron sus manos en el fuego por la libertad deben ser recordados. Estos tres tristes tigres que se rebelaron contra la tristeza permanecen sentados sobre los magnolios convertidos en polen perfumando la tierra. Cuando como una luciérnaga uno de estos seres humanos se apaga, el Gran Electricista se acaricia la barba espesa y blanca como la nata, esparce la luz de aquel ser humano en el aire y le dice al oído: «Te doy una eternidad para iluminar a esta gente. Cuídamelos. Te los has ganado».