Desde A Curota

CARLOS INSÚA

BARBANZA

PUNTO DE VISTA | O |

07 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

COMO CASI todos los años, vuelvo a pasar el verano en Boiro. Algún amigo de la infancia se prometió muchas veces no volver, pero este pueblo tiene una especie de imán que nos atrae a los que hemos pasado en él parte de nuestra vida. Hay quienes incluso nos tildan de masoquistas, pero lo nuestro es volver. Algunos vuelven de lejos, del lugar donde han rehecho sus vidas, donde trabajan, y ahora vienen a descansar y a ver a sus familiares y amigos. Otros, cada vez más, ni siquiera nos hemos ido nunca del todo y en realidad no sabemos si vamos o venimos. Por encima o por debajo del colectivo del subconsciente de cada uno, siempre está este pueblo que nos vio crecer, o que vimos crecer. Crece tan deprisa que cada verano parece distinto, más grande, con más calles y edificios, con más comercios y con más actividad. Como cada verano, el primer día soleado de vacaciones me acerco a A Curota. Como las veces anteriores observo la ría con el punto de mira en Vilagarcía y con el campo visual entre Vilariño y la punta de O Chazo. El vistazo es impactante, incluso sin memoria. Pero con memoria es como un resplandor, como un flash que se dispara de año en año, y que desata una película virtual en movimiento. No sólo veo las nuevas edificaciones que reemplazan la tierra, antes despoblada. No sólo veo las grúas y las máquinas que trabajan frenéticamente. Rebobino, y en mi me mente veo el verde de la península y los puntos negros de las bateas en el mar azulado y, en unos segundos, a cámara rápida, observo la brutal transformación del territorio. Parece que han intentado poner orden en el guión. Lo que no tengo claro es si lo han conseguido, y lo que es peor, no sé si hay guión. Cada año subiré a A Curota el primer día de verano. Espero que el flash nunca llegue a hacerme demasiado daño. No quiero prometerme que no volveré.