DESDE FUERA | O |
27 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.ME REFUGIO todos los fines de semana en el lugar de Xío, en Fonforrón, ubicado en el municipio de Porto do Son. A pesar de mi casi lúbrico amor por la localidad de Noia, un grito atávico, venido desde el fondo de los pantalones cortos de mi infancia me convoca en aquel lugar donde tantos atardeceres envueltos en mi sacrosanto aroma de las sardinas asadas, prodigué como una catarata risas y lágrimas. Allí también recorrí carreras sin fin acosando a las lagartijas y los primeros escarceos, estrategias amorosas persiguiendo, estudiando la certeza de que nada se asemejaba, aunque pareciera recordarlo, el vuelo de una gaviota al vuelo de una falda escocesa bajo la que se adivinaba un secreto transparente pero indescifrable. Mis padres tenían allí una pequeña casita blanca donde una familia marinera edificó sus sueños. El sueño de esta gente los llevó a Cádiz y mis padres compraron aquella morada en miniatura con su terreno orientado al poniente. Con los años y los juegos, con el trabajo diario levantaron esta casa de Fonforrón colgada en el vacío sobre las brañas serias, atormentadas por el eterno embate del Atlántico. Allí a nuestros pies se extienden, retorcidas, aguzadas, romas, con las grietas avezadas a beberse el mar en un trago largo que engullen desde el principio de los tiempos. Brama la mar, «Fonforrón, Fonforrón», en una eufonía perfecta que se estrella y rebota en los arcos de la cueva horadada en la playa, abierta de par como una catedral en día de coronación. Ahí me refugio dos días a la semana y duermo como un niño acunado por el grito sabio de la mar. Pero allí también hay villa y a la villa bajamos a comprar el pan y la prensa, concretamente al despacho de quinielas. Un corto de cerveza en Jape, un ribeiro en taza en Ramón Conde, otro corto de cerveza en Carou y una última taza en Cortizo para refrescar el corazón y subir alegre y confiado la cuesta tendida que nos devuelve a Xío. Las luciérnagas nos guían hasta Ardora y con un chupito de licor café, Xena y yo adivinamos lo sencilla, lo próxima que se halla la libertad perdida.