DESDE FUERA | O |
24 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.DESDE QUE se pudo ejercitar de nuevo el derecho a manifestarse, con la reinstauración del sistema democrático, recuerdo tres concentraciones multitudinarias que reunieron en las calles de este país a millones de personas. En 1981, tras el intento de golpe se estado. En 1997, después del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y en 2003, ante la guerra de Irak. En Galicia, al margen de la participación más o menos activa en las anteriores, destaca la movilización mayoritaria de la sociedad en el año 2002 ante la catástrofe provocada por el naufragio del Prestige . Fue tal la magnitud de la protesta que sorprendió a propios y extraños. Este derecho se asocia más con la izquierda política, que lo ha utilizado a menudo para movilizar a la sociedad. Por el contrario, los partidos de derecha eran reacios a este tipo de medidas buscando otros métodos de presión más reservados y directos. Normalmente también más efectivos. Pero en los últimos meses vemos cierres patronales y llamadas a la huelga desde la derecha, incluso desde sectores conservadores como la iglesia católica. Los que denostaron ese derecho, llegando a relacionarlo con el terrorismo, se abrazan ahora a él con fruición. La falta de costumbre les lleva a cometer errores de bulto, como el grave incidente ocurrido hace dos días cuando un grupo de personas, entre las que se encontraban cargos electos del PP de G, intentaron entrar por la fuerza en el parlamento gallego. Alguien tendría que informarles que una cosa es cortar calles y otra muy distinta asaltar la sede donde está depositada la voluntad de todo el pueblo gallego. ¿Qué diría el propio Fraga o Aznar ante una situación así? Mejor ni pensarlo. Y es que esto ya pasó con la pornografía, que después de cuarenta años de abstinencia hubo mucho empacho, y algunos iban puestos todo el día.