Crítica | Exposición de Xoán Fernández en A Pobra
08 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Entre las quince obras que componen la exposición de Xoán Fernández que hoy echa el cierre en la Casa Mariñeira de A Pobra hay retratos, naturalezas muertas e incluso un autorretrato. Los cuadros, aun siendo distintos, configuran un paisaje artístico íntimo, contemplativo, recoleto. El mundo de un excelente colorista, pues el pintor baña sus objetos (frutas, vasos, cerámicas, maletas, flores, ropas...) con una aureola sedosa, como si se tratase de tapices tejidos con finos y brillantes hilos. Los retratos, a veces evocan a los personajes y otras anuncian a los retratados, como en el caso de la niña (la nieta) y la mujer (la hija), no se limitan a una mera repetición de lo visible. Trabajados con vigor, el amor del autor por sus modelos late con tal fuerza que transforma lo visible, haciendo presente lo ausente y logrando dos objetivos fundamentales: eludir la caída en el sentimentalismo y que el resultado no se quede en un simple ejercicio técnico. Consideraciones estilísticas aparte, la colección reunida en la sala pobrense, aunque recurrente en sus motivos, es de una cuidada composición: Fernández otorga a la luz la hegemonía que le corresponde en el dominio de lo visible. Concebidos desde la perspectiva del espectador, el pintor nos invita a entrar en los cuadros, nos llama a mirar y a interrogar su mundo. A veces también nos da pistas. Parece que nos recuerda que las pinturas vienen de muy lejos y que para leerlas hay que mirarlas en esa dirección, como por ejemplo, en el Homenaje a Leonardo : sobre el arenal bañado por una capa de agua, con restos de una nécora y dos fanecas, tan logradas que parecen vivas, en una cestita, se reflejan entre una cortina de luz las sombras de unas presencias inextinguibles: ¿las de cuatro convidados a la Última Cena? Otras veces nos muestra los estragos de la experiencia, huellas del paso del tiempo: papeles arrugados, pliegues, el constante juego de luz y sombra. Como siguiendo el fluir de un tempo circular, como el de las estaciones, una obra de humilde composición cierra la exposición: Cereixas . Un chorro de luz cae sobre un plato lleno de frutos. El rojo de su piel palpita, despierta el deseo, invita a morder la carnosidad que oculta. Sube por la sangre el inolvidable sabor de lo efímero Casa Mariñeira de A Pobra. Hoy es el último día para ver la colección de Xoán Fernández. El horario de la sala es de 10.00 a 14.00 y de 18.00 a 20.00 horas.