El sur de la vida

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

MAXIMALIA | O |

18 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

ESE NIÑO que sonríe con su velero pirata navegando sobre un mar de parqué, se halla al norte de la vida. Si estuviera, como yo, al sur, sabría que la nave no está tripulada por torvos piratas con las dentaduras tan melladas como sus aceros y los ojos apagados por la metralla. Sabría que a bordo no hay nadie que luzca por mano un garfio de plata y por pierna una costilla de ballena. Tendría en cuenta que el buque enarbola la bandera inglesa y no la calavera cercada por dos tibias sobre fondo negro. Ese niño que sonríe a la cámara no sabe que el fotógrafo, su padre, le ha regalado el navío por Navidad para darse la satisfacción de ensamblar sus piezas, envergar la mayor, el trinquete y la mesana. Orientar la cangreja y echar sobre el estay la encapillada. Ese niño no sabe que su padre quiso ser marino como su abuelo y mandar barco. Por eso sonríe, y mientras lo hace, su padre, a través del objetivo, no ve sino la imposible vuelta atrás, el tiempo perdido, la inútil pobreza de su vida. Ese niño no sabe que la armada de Papá Noel ha hundido la flota en la que tres reyes de Oriente traían, en abarrotadas bodegas, humildes muñecas de cartón, pistolas de calamina y soldaditos de plomo. Cómo va a saber ese niño feliz que su padre competía en el estanque frío del jardín con cáscaras de nuez arboladas con un mondadientes y una vela de papel usado... Ese niño es feliz porque vive en un mundo feliz. Pero le durará poco tiempo. El que tarde en descubrir que la nave no flota, los cañones no disparan con estruendo y los piratas no trepan hasta los obenques para afirmar las gavias con un sable entre los dientes, envueltos en una ruidosa atmósfera de pólvora y miedo. Pronto descubrirá que el fanal de popa no tiene luz y que no hay ningún capitán en un desordenado camarote estudiando nervioso un mapamundi. Poco a poco, el tedio se irá adueñando de su sonrisa y volverá la espalda a la nave para buscar en la televisión a un conejo americano vestido de levita roja y botas de caña y cuero, nadando en doblones de oro y guineas de plata. En ese momento, comenzará a enfilar el camino del sur donde se encuentra ya su padre, irremediablemente atrapado en el laberinto de la vida. Pronto, El rey de los mares desaparecerá del salón y atracará en un rincón del armario. Pronto se irá desarbolando, se rasgarán sus velas por la fuerza del huracán del paso de las horas y se desmayarán sus palos sobre cubierta. A veces, un buen armador recupera sus despojos y con pegamentos congrega lo que queda de aquella intrépida nave y la sumerge en un contenedor para la Navidad de los niños pobres. Ese niño pobre no sonríe con frecuencia, pero cuando la descuadernada nave llegue a sus manos, él sí verá a la piratería combatiendo sobre cubierta a sangre y fuego. Él sí sentirá la fuerza de los alisios abanicando el velamen. Él sí tendrá un ardoroso capitán que, a través del mar de los sargazos, lo conduzca a la isla de la Tortuga donde el amor, el oro y el ron esperan su arribada. Y mientras el niño que sonríe se ha olvidado de su barco, el niño pobre verá cómo sus abuelos y después sus padres emprenderán la ruta del norte en destartaladas pateras buscando el sueño de los niños ricos. En el prodigioso remolino del tiempo, milagrosamente nadamos en la quimera de creer que sabemos hacerlo. Las espirales cada vez se contraen más y, al final, hechos un amasijo de sudor y sangre, nos precipitamos en lo hondo, en lo insondable que presentíamos, en el más allá donde es posible alcanzar el sueño. El sueño eterno. Pero el niño que sonríe a la cámara con su barco varado en el salón de su casa, como usted y como yo, no habrá entendido nada. Bienaventurado el que lo atrape porque sólo habrá un momento de luz en su vida. Un rayo cegador que durará un segundo. Lo bastante para saber que los soldaditos de plomo, las muñecas y los piratas no son de este mundo y que si quieres convivir con ellos tendrás que viajar al sur, muy al sur y, llegado allí, morirte, entregar tu alma al capitán y ponerte a sus órdenes. Pero claro, el niño que sonríe, eso no lo sabe aún. Todavía no ha iniciado su viaje al sur. Al sur de la vida.