Colapso

| MONCHO ARES |

BARBANZA

RIBEIRA NO está para coches. Paciencia, me dice uno con los ojos fuera de las órbitas, colorado como un pimiento morrón y con la yugular tan hinchada que parece que las varices se le salieron de las piernas. Y todo porque, ¡oh pobre de mí!, se me escapó un bocinazo acompañado de un «serás burro», y un «sal do medio», inaudible para el desencajado del coche rojo. No me di cuenta de que el circo, las obras del párking, las del alcantarillado, las de Padín, la salida del cole, el camión de pescado, el inoportuno tractor, el autobús de Aguiño... estaban todos al tiempo haciéndonos la puñeta. Uno realmente tiene poca paciencia, pero el de enfrente parece peor. Y dale que dale para meter el trasto donde no le cabe. Aprovecho para mirarme los dientes en el retrovisor. ¡Sorpresa!. Veo mi yugular varicosa, mi tez colorada y los ojos besugones. Ya soy otra víctima del colapso circulatorio.