San Martín. El sacro imperio

| MAXI OLARIAGA |

BARBANZA

MAXIMALIA

02 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

VERDE, ROSA, blanco, morado, negro doloroso... todo color tenía un significado. Todo santo, toda letanía, toda vigilia y toda octava envolvían un enigma. Adviento, cuaresma, pasión, pascua o pentecostés, vestían de un modo u otro a aquellos druidas alejados del pueblo. De vez en cuando se volvían dando la cara a la cristiandad desparramada, orante y arrodillada entre los bancales corridos y con displicencia desprendía su boca una exhortación en latín y la gente bisbiseaba el idioma de los césares dándose golpes de pecho o persignándose, dibujando cruces con el pulgar sobre su frente, su boca y su pecho. Las mujeres y los niños, más cerca del altar. Más alejados, los hombres. Sobre los velos de blonda o blondina, de encaje o de tul que cubrían las cabezas de las mujeres, según su edad o su dinero, flotaba una espesura de cera, un aire incensado de aromas que viajaba trepando por las piedras, explorando los recovecos de las vidrieras y se desprendía, al fin visible, en una catarata de tornasol que se filtraba como un mágico rayo de mil colores, como un cañón de luz, iluminando las llagas del nazareno o escintilando en los siete puñales de aquella mujer doliente con corazón de plata. Aquellas imágenes polícromas de los santos y santas con sus cabezas ladeadas que portaban en sus manos palmas, libros o cayados, dormían sus vidas de madera día y noche por los siglos de los siglos, siguiendo de reojo el viaje que el tornasol de Dios realizaba por los puntos cardinales del ábside. Después se quedaban solos y pasaba el sacristán ahogando sus luces para que, sin distracciones, pudieran meditar y conceder o negar las peticiones que durante el día recibieran de la ingenuidad de las gentes. Las gentes que acudíamos como autómatas a la misma hora cada siete días, cada nueve, cada boda, cada bautizo, cada funeral. Siempre la misma página del mismo libro. Fuera de aquel ámbito, las gentes crecían, les reventaba la barba en la cara o los senos en el pecho. Se enfrentaban al odio o al amor, a la supervivencia, en fin. Fuera de aquel sarcófago de piedra habitaba en el pueblo el sentimiento, pero dentro, envuelto en un frescor armonioso, el tiempo se detenía y nada había cambiado desde el día de tu bautizo hasta el de tu funeral. La misma voz rebotando en las ojivas: Regina angelorum... orum... orum... Ora pro nobis... nobis... nobis... Pero los druidas pierden poder paulatinamente. Los juzgados van ganado la batalla que sorda se libra en las alturas y el reloj de la iglesia -y no es una metáfora- se ha detenido en San Martín. Los santos ya murmuran desde sus peanas: «No hay más cera que la que arde» y la desertización se pasea entre los bancos y poco a poco ocupa los tubos del órgano y las escenas de las catorce estaciones del via crucis. Nuestra carne es incinerada en los crematorios y el druida apenas tiene tiempo de rociar con su hisopo el nicho que nos guardará como a maletas perdidas en la consigna de la estación del tiempo de los dioses donde confluyen todas las vías, todos los vagones, todas las locomotoras que van y vienen sin resolver el enigma ¿A dónde? ¿De dónde? Los maquinistas, los revisores tampoco lo saben, pero simulan saberlo y guardar su secreto. Ora pro nobis. Ite, misa est .