Crónica |De chiquitos en distintos locales El Malecón se viste de gala con los chiringuitos y los bares ubicados en la fachada marítima. Mientras la mayoría de la gente se relaja el sector hostelero trabaja
06 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.En la avenida del Malecón las calles están llenas de gente y se respira ambiente festivo. Las garrapiñadas, los caramelos y las rosquillas endulzan la vista de los viandantes. De telón de fondo, un mercadillo improvisado. Más de una treintena de puestos exponen sus productos. Las camisetas, los pañuelos y el incienso son los artículos más repetidos a lo largo y ancho de la vía. También existen otros objetos procedentes de Senegal, Kenia, China o la India. Estos tenderetes adquieren un toque exótico que lo impregna todo. Mientras los bares, las cafeterías y los restaurantes esperan hacer su agosto. Pero se han preguntado alguna vez ¿cómo viven las fiestas los camareros que están al frente de la barra? Ahí va la otra cara de las festejos. Ruido, mucho ruido. Los clientes van y vienen. Al igual que una montaña rusa, el negocio de la hostelería está compuesto por miles de subidas y bajadas. Unas quitan el hipo y otras son llevaderas. «Un café cortado por favor» grita uno de los camareros de una de las cafeterías más concurridas de Ribeira. Las mañanas son tranquilas. Los ciudadanos salen a la calle y pasean sin ninguna prisa. Al llegar la hora del vermú, los profesionales del sector se ponen a temblar. Durante las fiestas casi todos los establecimientos refuerzan su equipo humano con dos o tres miembros más. El horario de apertura y cierre también se incrementa. Más horas, más trabajo y más esfuerzo. Sobre todo teniendo en cuenta la que se les viene encima. «Estos días triplicamos el personal» comenta Raquel Pego empleada de un negocio. Los aperitivos más habituales de las terrazas dependen mucho de cada sitio. Los bocadillos, la tortilla o las croquetas son algunos de los más frecuentes. A las cuatro de la tarde, ya pasada la vorágine, dicen algunos trabajadores que es cuando pueden descansar un poco. Pero sin descuidarse, ya que tienen que prepararse de nuevo para la tarde noche. Las fiestas se planifican con antelación. Según Pego «se necesita una buena organización dentro del equipo de trabajo» para que el agobio sea más ameno. Todas las personas consultadas coinciden en apuntar que lo peor es la impaciencia de la gente. Laura Baamonde sirve a los clientes y explica: «Deben entender que no se puede atender a todo el mundo a la vez». Pandillas «Las propinas son lo más positivo del intenso trabajo de cada jornada» añade Pego. Al llegar la noche se encienden la luces de las atracciones que están a pocos metros. En muchos casos «la fiesta no está en los chiringuitos, sino en el propio bar» insiste Raquel Pego. Allí es donde se reúnen las pandillas para charlar mientras toman unos cubatas, la bebida estrella de los festejos. En algunos locales el día fuerte es hoy y para otros mañana. Los establecimientos alejados de la zona central lo tienen difícil. Les cuesta más hacerse con la clientela y llevarse parte del suculento pastel que se reparte en el Malecón. Además «las fiestas son algo más que el concierto de un artista» exclama un empresario. Siempre hay de todo como en botica. De este mismo modo a unos le gusta el café con leche y a otros el cortado. Pero, irlandés o solo, en vaso o en taza, es muy difícil agradar a todo el mundo.