DESDE FUERA | O |
24 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.UNA DE las manifestaciones frecuentes de la ola de violencia que invade a la sociedad, empezando por algunos medios de comunicación y terminando por la vida misma, es la violencia en el lenguaje tanto escrito como oral. Me refiero especialmente a aquellos puestos en que la presencia de la persona o de su imagen confiere a la palabra tal carga afectiva que el efecto conseguido resulta mucho más contundente. Dentro de este tipo de violencia está cobrando carta de ciudadanía una especie que debería ser reprobada instintivamente por cualquier miembro de una sociedad que se tiene por culta y civilizada. Me estoy refiriendo al insulto, ese dardo burdo, falto de imaginación y de cortesía, y no pocas veces cargado de veneno, con el que se pretende dejar fuera de combate a todo adversario o enemigo. Realmente quien utiliza el insulto como arma arrojadiza se está descalificando a sí mismo, como persona grosera y probablemente carente de argumentos de peso, para rebatir las tesis del oponente. No es noble querer introducir un producto en el mercado electoral tratando de hundir el de otro, en lugar de intentar persuadir al electorado basándose en las bondades de la mercancía que se intenta vender.