Noia y el cine: una larga relación

Sara Ares CORRESPONSAL | NOIA

BARBANZA

SARA ARES

Reportaje | Vínculos con el séptimo arte La reciente presencia en la villa de Almodóvar y Amenábar ha avivado el recuerdo de la trágica muerte del director Claudio Guerín en la praza do Tapal en el año 1973

27 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

La expectación desatada días atrás en Noia por los cineastas Pedro Almodóvar y Alejandro Amenábar, a propósito del rodaje de sus respectivas películas La mala educación y Mar adentro, no huele a novedad para los noieses, cuya conexión con el séptimo arte viene de muy atrás. Lo sabe bien el historiador local Xerardo Agrafoxo, quien dedica un capítulo de su libro Memorias do franquismo a rescatar del pasado otros episodios de filmaciones cinematográficas cuyos directores se decantaron por rincones del municipio a la hora de elegir localizaciones para su trama. Así, el investigador recuerda cómo en 1957 se proyectó por primera vez en Madrid la producción El hereje, bajo la dirección de Francisco Borja Moro, ambientada en la ría noiesa y en la villa de Muros. Quince años más tarde, sucumben a los encantos de las tierras barbanzanas los realizadores Adolfo Marsillach y Claudio Guerín Hill. Ambos despliegan cámaras en el bellísimo entorno del monasterio de Toxosoutos y en el casco histórico de Noia para construir su adaptación a la gran pantalla de la novela Flor de santidad, de Ramón María del Valle-Inclán. Pero es en 1973 cuando el aguijón de la curiosidad por el invento de los hermanos Lumiére hace blanco en la epidermis de los noieses. Prendado quizás de la nobleza de las edificaciones medievales, el sevillano Claudio Guerín regresa con sus bártulos a Noia para filmar La campana del infierno. No podía imaginar el que estaba considerado en aquel entonces como una de las jóvenes promesas del cine español que la muerte había de llamar a su puerta. Ocurrió el 16 de febrero de 1973 cuando el cineasta se encontraba grabando los últimos planos de su largometraje. Guerín subía a la torre inacabada de la iglesia de San Martiño cuando accidentalmente se precipitó al vacío desde una altura de veinte metros. El fallecimiento produjo tal consternación que aún hoy en día se mantiene vivo en la memoria de los noieses y en la cruz marcada sobre una losa de O Tapal.