DESDE FUERA | O |
13 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.RODRIGO ROMANÍ anegó de recuerdos transparentes y frágiles como el vidrio, al fin rotos, miles de diamantes sobre el escenario del Coliseo Noela. Una alfombra de luz, de reflejos de cielo que al pisarla se teñía con la sangre añorada de su gran amigo Avilés de Taramancos. Envuelto en bajos, acordeones, percusión, cuerda y gaita (rodeado de un grupo de maestros y amigos que glorifican la música), Rodrigo rescató en las cuerdas del arpa el alma del poeta. Con la historia de la niña rica que se hace traer a Colombia un piano desde Viena, la solfa sonaba como la palabra misma de Avilés. Viva y carnal como los sonetos de amor que fueron volando sobre el patio de butacas hasta suspenderse en los azules de la cúpula que alumbró Nacho Costa. Arte, arte, arte. Pero Rodrigo tenía una pena, una desazón, y preguntó a los presentes: «¿Tendremos que morir para sentirnos amados?». Todos miramos al suelo. Nos había tocado el corazón.