La desatención sanitaria molesta a los usuarios afectados por la reducción depersonal y el traslado a Santiago para recibir atención especializada
14 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Las paredes del centro de salud de Boiro ya advierten de la precariedad de personal que hay en los dispensarios. En ellas cuelgan carteles que denuncian la escasez de auxiliares y la imposibilidad de atender al paciente con la agilidad que requiere. El usuario mira el papelito y piensa: «Política». Sin embargo, la advertencia se hace realidad. El dispensario de Barraña es el ejemplo de lo que ocurre en otros similares de la zona. Dicen los que mandan, los que dirigen, que el enfermo es muy sensible cuando acude al médico por una dolencia y se mosquea a la primera de cambio: «Claro, la culpa es de las personas por enfermar», me apunta un amigo.Son las nueve de la mañana. Las salas de espera están llenas de caras griposas. Los clínex circulan de nariz en nariz. Llega un hombre con una niña de tres años. Mira hacia la derecha, hacia la izquierda, arriba y abajo: «¿Dónde está el dentista», se pregunta, «¿no podían poner carteles indicativos a la entrada...?».Se pone a la cola de la recepción. Sólo hay una persona delante. Al otro lado del cristal, una señorita habla, pero no con la señora que espera impaciente: «Sí, le puedo dar cita para las diez... Centro de Salud dígame. ¿La doctora...? El miércoles a las doce. Dígame señora...». La chica, una sola, atiende al teléfono y a la ventanilla. Tan pronto da cita a una llamada, como entrega un kit de muestras o escucha impotente las broncas de los (im)pacientes.«La cita es a las nueve y ya son y cinco», piensa el hombre que espera ser atendido: «Por favor, ¿dónde consulta el dentista?», pregunta. «Arriba al fondo». Y allí va, creyendo haber perdido la vez.Una chica está en la sala de espera. Le dice que allí no ha aparecido nadie. Incluso piensa que el médico puede estar dentro. Bueno, eso la primera media hora. En los siguientes treinta minutos deducen que no ha llegado. Cuando ha transcurrido hora y media, una docena de pacientes miran la escalera de mala leche cada vez que sube alguien: son todos usuarios y ninguno el médico.Mosqueo general. Los impacientes ya son muchos. Y empiezan a bajar para armar bulla al personal: «Yo no tengo culpa señora..». Ahora ya hay dos chicas en recepción -menos mal, porque los cabreados quieren explicaciones y no esperan-.-Hemos llamado a Santiago y no saben nada -dice una telefonista-.-¿Y qué pasó el lunes y el viernes pasados? -le espeta una señora-. Esto é unha merda e estades a xogar con nós -se va soliviantada-.Algunos optimistas piden cita de nuevo, la cuarta en una semana. Otros sólo quieren hojas de reclamaciones.-Non nos van facer caso, pero si non protestamos creen que estamos dacordo -concluye otra paciente.La consulta del dentista queda vacía y todos los afectados sacan la conclusión de que el tópico de que la salud es lo primero queda bien como eslogan de campaña, pero poco tiene que ver con la realidad.Lo peor del caso es que escenas como la descrita se suceden a diario. La optimización de personal ha destruido el término da paciente. Ahora son usuarios impacientes que desesperan para pedir cita, se aburren hasta que toca su turno y la mala leche acaba teniendo un poder balsámico que ya quisieran los fármacos: la furia tapa el dolor. Es la mejor medicina.