Peluches, joyas y rosas rojas constituyen, junto a las cenas románticas, los regalos más frecuentes de una fecha señalada que, para muchos, es simplemente un negocio
12 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.?omo cada viernes, Conchita se aturrulla en la oficina. Los papeles se escurren por todos los rincones, el fax no cesa de arrojar aún más leña al hipersaturado escritorio y, poniendo la guinda al calvario, el ordenador se atasca cada dos por tres -«reinicie la sesión, etcétera, etcétera»-, con la consiguiente pérdida de un tiempo precioso que le obligará a hacer unas cuantas horas extra que nadie le agradecerá. En definitiva, Conchita está teniendo un día laboral como otro cualquiera. Pero en un momento dado de la mañana, los agobios de Conchita se ven interrumpidos por un gran sobresalto de índole cardiaca. No, no es que el estrés le haya causado a la pobre un ataque al corazón: el motivo del pasmo tendría que ver más bien con la última escena de Oficial y caballero -¿quién no la recuerda?-; puesto que Conchita ha recibido, por medio de un mensajero, dos rutilantes docenas de rosas rojas, acompañadas de una tarjeta donde su amado da rienda suelta a unos impulsos definitivamente trovadorescos. Porque, claro, en el día de San Valentín, todo vale con tal de demostrar amor eterno. Festividad comercial Desde que en 1969 -eran tiempos de flower power-, el 14 de febrero fue proclamado por el Vaticano como día de San Valentín, la polémica no ha dejado de avivarse. Son muchos los vecinos que, por estas fechas, pasan de largo cada vez que ven un escaparate adornado con corazones púrpura. «Todo es un negocio», proclaman sin dudarlo. Pero hay otros que no hacen oídos sordos a la llamada del amor. Las floristerías barbanzanas llevan alrededor de una semana recibiendo encargos con miras a la fecha señalada, según coinciden en informar muchos responsables. El trajín de cortar tallos y preparar ramos se acrecentará en gran medida hoy y, sobre todo, mañana; y ni tan siquiera la llegada del euro parece haber hecho mella en la exaltación de las feromonas.Hace dos años, una docena de rosas rojas costaba alrededor de cinco mil pesetas de las de antes, según informa una floristera noiesa. Hoy, el precio de esta variedad -la más comprada en el día de los enamorados- asciende a 42 euros, o lo que es lo mismo, 6.988 pesetas. Son casi dos billetes verdes de diferencia que han inducido a alguno a no rascarse el bolsillo; pero como dicen que la intención basta, no por ello deja el galán de adquirir una o dos rosas para honrar a su amada. Al fin y al cabo, el símbolo perdura, ¿no?Pero el arte floral no ostenta el monopolio de los regalos de San Valentín. Así, entre los más jóvenes, los peluches hacen furor. Concretamente, hay unos perritos muy cucos que tienen muchísima aceptación entre los adolescentes de la comarca; y ojo, no hay que olvidar que a esa edad se tienen las hormonas muy, pero que muy alborotadas. Es decir, que quienes rondan la pubertad son una clientela que nunca falla.En cuanto a los que peinan canas, se inclinan más bien por las joyas -si se lo pueden permitir, claro-: anillos o collares para ella, relojes o gemelos para él. La jornada culmina con una romántica cena que, si es a la luz de las velas, mejor. Son muchos los establecimientos hosteleros de la comarca que, con ocasión de San Valentín, reservan para las parejas enamoradas una oferta especial. Por ejemplo, una actuación musical, un regalo sorpresa o una botella de champán a cuenta de la casa. Y como en todas las facetas de la vida, hay quienes se salen del cauce a la hora de regalar. Anteponen la practicidad al romanticismo -que tachan de cursilería-, y piensan por sí solos qué simboliza el amor de manera más acertada.Entre tales individualistas, hay uno que ha escrito recientemente en el libro de visitas de riveira.net. El tipo, anónimo, no ha hallado mejor forma de manifestar la adoración que tiene a su esposa que con un detalle que, sin duda, les será muy útil a ambos: el Kamasutra . Las ventas no cesan pese a que una docena de rosas rojas cuestan doce euros más que hace dos añosUn original ribeirense asegura en una página web que mañana piensa regalar a su esposa algo muy práctico: el «Kamasutra».