Hojeando el periódico, un tal Mateo Fischer se enteró un buen día de la que se estaba armando en Galicia por culpa del petrolero de marras y, ni corto ni perezoso, agarró la mochila y empezó a hacer dedo rumbo a estas celtíberas costas. El viaje no era moco de pavo, porque Suiza no está precisamente ahí al lado y, además, la meteorología no es que animara mucho a lanzarse a la aventura. Pero a este barbado veinteañero, vegetariano confeso, que parece salido de la portada de un disco de The mamas and the papas, se le metió entre ceja y ceja ver en vivo el chapapote... y lo consiguió después de recorrer dos mil kilómetros montado en todo tipo de vehículos pilotados. Lo vio en Carnota, concretamente. Allí recogió fuel el sonriente suizo durante una semana y media hasta que a las autoridades competentes no se les ocurrió otra cosa que desalojar el colegio en el que, hasta entonces, dormía el voluntariado foráneo. Tras una corta estancia en Muros -su tentativa de ayudar allí no fructificó-, Mateo aterrizó con su mochila en Porto do Son y preguntó si había playas que limpiar. La respuesta fue un traje, unas gafas, dos guantes, un par de botas y una cama preparada al efecto en los bungalós del Hotel Congreso.Pero ¡oh sorpresa! Además de un colchón donde dormir, Mateo se topó en el hotel citado con un buen puñado de jóvenes solidarios que padecieron una odisea similar a la del suizo antes de recalar allí... similar a excepción de sus puntos de partida: había un francés, un canario, dos zaragozanos, un portugués, tres marbellíes, un malagueño... Según dicen, Porto do Son es hoy uno de los pocos reductos donde, montándoselo por uno mismo para venir a ayudar, aún es posible tener un sitio donde alojarse. «Y encima hay comida para vegetarianos», apunta Mateo.