A Ramiro le llamaba su padre Gerente, sin duda para animarlo en cada amanecida, cuando, con doce años, le despertaba, «arriba gerente», para trabajar en la salazón del viejo Carreró en Cabanas de Tal. Es cierto, en 1942, ya Ramiro fabricaba con sus manos los tabales donde, en orden militar y espartano, descansarían las sardinas prensadas como navajas de plata, relucientes en su panteón de duelas como una luna de agosto. ¿Quién no recuerda los escaparates de los viejos ultramarinos? Impúdicos y desnudos exhibían los arenques, las sardinas y las xoubas entre especias de ultramar y saínes de la ría esperando el pan caliente para acallar las hambres de los inviernos larguísimos, varados en los soportales de las villas hasta la gran crecida de la nueva primavera. Gerente pasaba las jornadas lamiendo y relamiendo las duelas con su escoplo, y sus manos aprendieron solas el arte. Ahora a los tabales, en nuestra ría, les llamamos cascos, sólo se ven en selectísimas tiendas de alimentación. ¿Quién se lo iba a decir a Ramiro García? Los sábados y domingos..., al camarón. Hasta hoy. Dicen los de su costa que no hay nadie más perito que él en ese arte. De aquellos días de la infancia le quedó una amargura. Me cuenta que lo invadió la pena hasta el temblor cuando, con siete años, vio a los camiones llevarse a sus hermanos y a los mozos a la guerra; y se les escapa una lágrima. ¡Maldita sea! En 1963 embarcó con los holandeses, pero se tachó de rol en Nueva York. Y allí, ¿cómo no?, en el corazón de Brooklyn trabajó en una ebanistería italiana. El siñore Berto Bertino, un siciliano de casta, le enseñó todos los secretos, toda la alquimia de la madera. Hoy entras en el taller de Gerente y, aunque no quieras, te ves en el obrador del viejo Gepetto, entre muñecos, relojes, sirenas de pechos rotundos... Una mañana, hace quince años, unos mozos sin dormir le trajeron la idea, la luz, la razón de su vida. Y Gerente, como don Enzo Ferrari o Mr. Henry Ford, abrió su factoría de automóviles e inventó la carrilana de competición. Desde aquel día, encomendadas a Santa Mariña, puedes verlas descender en Esteiro, desafiando la chicana de Os Penoucos, a velocidades de hasta 97 kilómetros por hora. Verdaderas, únicas obras maestras en busca de la gloria 2.800 metros más abajo. Ahora hay circuitos por todo el país y los visita todos. Se le ladea la sonrisa: «Carrilanas hai moitas. Pero á roda de afiar de Pancho de Rábade e ó coche de Pinocho, para velos, hai que vir a Esteiro».