Aquella tarde de noviembre del 67, el maestro Zubiela, que también es abogado, señalándole el mapa de Europa, le dijo a Domingo Muíños: «Vaite rapaz polo mundo que o mundo hache facer home». Con sus ocho años, este outiense de corazón volcánico, echó una ojeada al mapa, otra a su maestro y se encogió de hombros. Cuando al anochecer llegó a casa, también su madre tenía algo que decirle: «Vas cear agora mesmo e pra cama. Mañá imos a Holanda a estar con papá». Ahora ya no se encogió de hombros. Cenó a toda prisa, se embozó las sábanas hasta la nariz y se quedó dormido soñando con molinos de viento y con el aroma de los tulipanes. Así fue que en 24 horas una furgoneta lo trasladó de Catasueiro a Rotterdam. Cuando despertó notó en el ambiente un aire extraño. Se asomó al balconcillo y vio por primera vez la nieve. Frederick Strasse en el barrio de Crowswijk, se extendía blanca como una alfombra mágica que sólo podía conducir al país de las maravillas. ¡Todo pasó tan deprisa! Un nuevo colegio, un nuevo idioma, un nuevo ámbito. Y el silencio. Los niños se hablaban en voz baja, los mayores no se golpeaban durante sus charlas. Parecía que todo aquel país estuviera contenido dentro de una catedral. Fue lo primero que aprendió, dice. El respeto mutuo y la libertad del vecino. Enseguida se dio cuenta de que también él era libre. Conoció a un maestro de taekwondo. Aunque procedía de Asturias, era en realidad ruso, hijo de los niños de Rusia, aquellos decentes y honrados sin papeles a los que el franquismo les abrió los Pirineos. Este maestro le hizo campeón holandés júnior. Después, por el full contact, dejó su empleo de tornero y en el 78 me lo encontré en el hotel Olimpic. Este hotel lo conocen con toda seguridad todos los barbanzanos que hayan navegado, y especialmente los que en aquella época emprendieron la gran aventura de las perforadoras. Lo dirigía un matrimonio italiano, Antonio y Anita. ¿Quién no los recuerda? Muíños se convirtió en su mano derecha. La prematura jubilación y enfermedad de su padre hizo volver a Muíños a su tierra y aquí aplicó el arte marcial que le habían legado los orientales. Abrió gimnasio y de aquel tatami salió un noiés campeón del mundo: Moisés Hermo. Como es costumbre en este pueblo..., ni caso. ¡Ay, Noia, Noia!. Más tarde, su alumno más querido, Dache, fue campeón de Europa. Silencio. A veces Muíños se sumerge en la ría de Noia a pulmón para escuchar el silencio. Pero el de verdad. El que siempre acompaña a los hombres libres.