El balcón de Pilatos

Maxi Olariaga

BARBANZA

07 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

En una brevísima biografía de don Pablo Iglesias, cuenta Enrique Moral Sandoval que a don Pablo, en la fundación del Partido Socialista, le ayudaron quince tipógrafos, cuatro médicos, dos plateros, un doctor en Ciencias, un marmolista y un zapatero. Una premonición. En 1959, sólo un año antes del nacimiento de José Luis, los mismos que hace unos días plañían protestones por el patético traslado del Franco ecuestre en O Ferrol, hacían añicos en el parque del Oeste (Madrid) el noble busto que de don Pablo talló Emiliano Barral. A los pedruscos violados por la barbarie se los llevó la camioneta municipal, pero los tasquiles del rostro del fundador se derramaron atomizados sobre la acera y el viento del pueblo los aireó por todo el país hasta el día de hoy. José Luis nos visita ahora anualmente. Reside en nuestra costa y pasea el estiaje. Medita los cómo y los porqué. También los para qué. De manga corta entre nosotros, no pierde nada de su natural y de lejos, como yo le observo, parece un hombre limpio, resuelto y capaz. Su mirada es extremadamente clara y ello le aporta cercanía, buen gusto y amabilidad sin restarle firmeza. Saben danzar sus manos con la conversación, arte nada fácil, y domina la pausa de la frase, lo que consigue que sus contertulios resten suspendidos a la espera de su continuidad. Tiene la voz, quizá la que -otra premonición-, anunció don Antonio «(...) yo prefiero escucharla en mi recuerdo o, mejor todavía, en labios de otros hombres no menos auténticos, no menos verdaderos, que aún nos hablan al corazón y a la inteligencia». Nos sé yo si José Luis conoce la cita pero, si me lee, ya no podrá ignorarla. Existe una última premonición, la tercera. Este paisaje atrae como las sirenas a Odiseo. A la hora de las grandes decisiones, en los días difíciles, Adolfo Suárez se acercaba aquí para, lejos del escaño, estudiar la lidia de los últimos mansos, por tanto peligrosos y avisados, militares. También Yassir Arafat, después de la Conferencia de Madrid, en los trágicos momentos de la enésima intifada, se llegó a esta costa y durante dos días y dos noches preguntó a su horizonte de sal. Fonforrón Ambos obtuvieron respuesta. Pregunta tú, José Luis, a los que siembran y siegan la mar por donde se halla el balcón de Pilatos y ve allí al lugar de Fonforrón. Te aseguro que cuando te apoyes en sus balaustres de viento y la Océana te invada los espacios donde reside el silencio del alma, querrás hacer cualquier cosa menos lavarte las manos. Es una lección de política. En adelante, en la soledad de tu despacho, sabrás lo que tengas que hacer y lo harás. Así que, vencido el vértigo, asómate al balcón de Pilatos. Cata, mira, palpa, huele y sobre todo, escucha. Desde lo profundo, bajo tus pies, podrás sentir cómo asciende la voz de los que murieron por la libertad. Y no olvidarás nunca la perfecta eufonía de la mar «Fooon... forrón, fooon.. forrón».