David Civera encandiló a un público adolescente y femenino con sus éxitos más sonados
03 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.«Cuánta gente hay aquí... y muchas mujeres, muchas niñas bonitas, pero seguro que hay alguna malvada... ¡que la detengan!». Féminas adolescentes y niños y niñas acompañados de sus padres -el corazón del concierto- reconocen el grito de guerra, chillan y empiezan a contonearse al ritmo de una de las canciones del verano. David Civera arrancó uno de los conciertos estelares de Ribeira con cuarenta minutos de retraso -«es que venimos de Cádiz», se disculpó, e incluyó éste y otro de sus temas más sonados -¿Quién no escuchó de copeteo lo de «dile que la quiero, que siempre fui sincero...?»- entre las primeras canciones para ir calentando los ánimos. Civera, bronceado, pelo pincho, pantalón claro y camisa -se la cambió varias veces-, es casi un contorsionista sobre el escenario. Acompañado de cuatro buenos mozos y mozas, se entregó a unas frenéticas coreografías que lograron, en algunos momentos, concentrar más el ojo que el oído, no sólo porque los rapaces estuviesen de muy buen ver, sino por el deficiente sonido, que hizo que se le entendiese bastante mal. En cuanto a humor e intentos de hacer derretirse a las féminas, David Civera demostró ser todo un as. «Las mujeres mueven el mundo», «cuánta niña bonita», etcétera, etcétera. Realmente encantador. Y mientras tanto, proseguía invitando a moverse como quieras, soltarse las caderas y otras sugerencias del estilo. Desde luego, sobre todo entre las jóvenes concentradas en las primeras filas, que incluso llevaron pancartas con fotografías de su ídolo, lo consiguió con creces. Despedida movidita Tras algo más de una hora en escena, en los bises, como era de esperar, volvió a pedir la detención de esa chica tan mentirosa, malvada y peligrosa, y recordar que quiere muchísimo a aquella otra. Pese al cansancio de la actuación y las 19 horas de autobús que, tras el concierto, confesó haber tragado en su viaje desde Cádiz, dejó acercarse a sus fans, con las que charló y se retrató, y no paró de firmar autógrafos y dedicatorias en pósteres y compactos a las numerosas jovencitas que se acercaron al camerino del eurovisivo cantante. Lo dicho, todo un encanto de chico este otro David.