Una jornada entre cuerdas

ANA FERNÁNDEZ RIBEIRA

BARBANZA

SIMÓN BALVÍS

La recogida del molusco en la batea es la última fase de un proceso de cría que dura aproximadamente un año Son las seis y media de la mañana y en el puerto de Cabo de Cruz, sólo el buque mejillonero «Bedifer» desafía a la oscuridad y a la calma que envuelven el muelle con luces y actividad. La de sus tripulantes, que se preparan mientras nos esperan para zarpar rumbo a una jornada intensiva entre salitre, cuerdas y redes. Y es que hoy toca hacer sacos de mejillón, el desenlace, el último eslabón de una cadena que suele durar un año y que comienza con la colocación de la mejilla en las cuerdas de las bateas para que crezca. La toxina impide hoy trasladar el «botín» a tierra, pero queda listo en su hábitat natural: fondeado en el mar.

03 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

El madrugón es algo habitual para la tripulación del Bedifer: «Generalmente somos los terceros en partir, porque por veinte minutos que salgas más tarde, ya es un follón», explica el patrón, el bateeiro Marcelino Díaz. Y es que aquello no es la Gran Vía en hora punta, pero casi: entre Cabo de Cruz y O Careixo navegan cien buques. Nuestro rumbo, que incluye un ágil sorteo de bateas, es el polígono H de O Caramiñal, y el camino propicia la charla en el puente; descubrimos que Bedifer responde a Benito Díaz Fernández, padre de Marcelino y pionero en la instalación de estas plataformas flotantes en la zona -la tradición familiar se impone en la profesión-, o que el buque salió de Astilleros Triñanes hace tres años. Los naseiros de Ribeira sostienen animados diálogos por radio mientras el barco echa el ancla al lado de la batea. Y empieza la acción. La grúa baja el enorme cesto al mar para subir a bordo dos cuerdas. Pero no se trata de un cabo cualquiera: cada uno mide doce metros y pesa 220 kilos. Y el molusco se va desprendiendo, a mano, de las cuerdas, para lo que se requiere una cierta consistencia física: «Hay que estar en forma -reconoce Marcelino- aunque también hay máquinas que lo hacen». Cuando hay material suficiente, empieza la labor de limpieza del molusco, en la que se combina el trabajo manual con la maquinaria, y la distribución en sacos. Son negros, color elegido para las piezas de tamaño pequeño -el rojo se reserva para el mediano-, y Marcelino deposita unos 11,5 kilos de mejillón en cada uno para dar un peso de 10. «Sueltan agua y siempre hay alguno roto», explica. La toxina obliga a dejarlos fondeados en la batea -al día siguiente de hacer este reportaje ya se podía sacar; caprichos de las mareas rojas-, y al acabar las 300 bolsas que dieron de sí, se acabó la labor. Pero hay cuerda -nunca mejor dicho- para rato sobre el tema. ¿Época de extracción? «Aquí se saca todo el año, pero los meses importantes son de junio a diciembre». ¿Procedimiento? «Cada batea es un mundo y cada uno tiene su técnica», dice Marcelino. No hay manual, pero sí pasos obligados: meter la cría en las cuerdas y vendarla con una especie de algodón en forma de red; abrir la cría, hacer el desdoble..., pero cada maestrillo con su librillo, como dice el refrán. Marcelino Díaz es también directivo de la Asociación de Productores Mejilloneros de Cabo de Cruz, uno de los colectivos que hizo pasar a la historia aquello de vender al depurador a pie de muelle. Y desde dentro, reflexiona, las cosas se ven de otro modo: «Todos deberían pasar por esto porque cambias de mentalidad; no puedes coger y decir: dejo las bolsas en el puerto y se acabó; tienes que involucrarte en todos los procesos, para que el producto que estás trabajando llegue en las mismas buenas condiciones al consumidor». Por ello, apuesta con fuerza por la Denominación de Orixe.