Pregunto a Costa cómo se siente tras concluir tan ciclópea obra: -Como si acabase de parir en un difícil parto, pero satisfecho, cumplido. Era una angustia. Me siento feliz. Pienso que esta es una culminación. -¿Y ahora tras el parto? -Ahora, que las gentes puedan beber en él el agua viva que traté de insuflarle. Una obra no se acaba en el autor sino en los demás -y me aprieta con sus manos los hombros. Luego dice: -¿Y dónde está tu Barbanza? -Después de esta obra tuya, mi Barbanza se quedará en el limbo o seno de Abraham -le contesto sonriendo. Salgo al exterior y trago bocanadas de oxígeno como cuando salí de la Capilla Sixtina. La belleza detiene las funciones y hay que huir de ella para no morir. Los teólogos dicen, llevando el tema a excesos metafísicos, que el que ve a Dios muere. Yo no he muerto, el corazón zumbó sus puñetazos en los glóbulos. Subo a la Atalaya donde en lejanos tiempos hubo un castro, y contemplo el inmenso mar en cuyas entrañas fue hundida la primera patria gallega, la Atlántida. ¿Saldrá alguna paloma de sus honduras? ¿Cruzará alguna nave normanda?