Una tarta con cien velas

M. L. RIBEIRA

BARBANZA

La vecina de Ribeira Isabel Herrero celebró un siglo de vida en compañía de sus seres más queridos Un cambio de milenio, dos hijos, cinco nietos y una bisnieta son el balance de la vida de Isabel Herrero, que ayer congregó a numerosos familiares para celebrar un sonado aniversario. Y es que, durante la ceremonia, esta madrileña afincada en Ribeira supo transmitir que no se cumplen cien años todos los días.

28 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Dicen de ella que es un duende que se escapó de la botella. Un genio del tiempo que ha sabido conjugar con gracia sus dos pequeñas nacionalidades: madrileña de nacimiento y gallega de adopción. Hace cien años que el foro la vio nacer. Asentada en la capital de España durante sus años más jóvenes -donde aprendió el oficio de costurera-, Isabel Herrero encontró en la tierra del oso y el madroño el amor de su vida: Francisco, un ourensano, de oficio carabinero, que supo encandilarla hasta llevarla ante el altar. Pero el tiempo la hizo recorrer kilómetros y viajó de Madrid a Padrón, Rianxo, Corrubedo y, finalmente, a Santa Uxía, parroquia del municipio ribeirense del que se autoproclamó hija adoptiva y donde trajo al mundo a sus dos hijos: Lucía y Joaquín. Isabel ha sabido combinar los tragos dulces de la existencia y los más amargos. Y aunque la vida le arrebató una de sus mayores promesas, Lucía, ha sabido transmitir la alegría a todos los que día a día están a su alrededor. Sin ir más lejos, ayer supo reunir a un destacado número de amigos para celebrar un centenario cumpleaños, más que merecido. En entre bocado y bocado de tarta, esta madrileña, no le negó a ninguno de los asistentes la sonrisa y el buen humor que siempre le han caracterizado. Bromas a su marido Amiga de la verdad y de las juergas siempre que fuese necesario, Isabel supo convencer siempre hasta el más incrédulo. En cierta ocasión se disfrazó para acercarse hasta el cuartel de la Guardia Civil, donde vaciló a su marido sin remordimiento alguno. Pero atrás quedaron aquellos años de energía agotadora en los que enseñaba, de manera totalmente gratuita, a sus vecinas a manejar hilo, aguja y dedal. Sin embargo, sentada en un sillón, todavía le quedan fuerzas para comentar alguna de las batallitas de su realmente longeva vida.