Un Doñana a la entrada de la ría

REDACCIÓN RIBEIRA

BARBANZA

C. QUEIJEIRO

La isla de Sálvora lucirá el próximo verano el «distintivo» de parque nacional Pisar Sálvora es entrar de lleno en un mundo de leyendas, con Roldán en plena lucha y una sirena soltando sus cánticos. Y en una tierra de héroes que quedó desierta hace más de dos décadas. A salvo de los intrusos humanos por unos celosos «guardianes», en la segunda mayor isla de la ría arousana se «cuelan» gaviotas, azores y cernícalos que encuentran un paraíso en las lagartijas que pueblan la ínsula. En definitiva, todo un edén que el próximo verano se pondrá al rango de Doñana junto con las Cíes y Ons.

23 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

La inclusión de la isla de Sálvora en el Parque Nacional das Illas Atlánticas ha dejado a las autoridades locales tocando castañuelas. Y es que, aparte de la protección que eso supone para el entorno natural y la riqueza histórica, no hay que olvidar los beneficios que eso puede conllevar para el sector turístico: «Será como ter un Doñana en Ribeira», señaló Manuel Ruiz, concejal ribeirense y diputado en el Parlamento gallego, institución que ha dado el primer paso. Ruiz subrayó la importancia que esa declaración tiene para Ribeira, pues convertirá al municipio en el primero de la comarca «que teña dous espacios da importancia medioambiental como son o parque natural de Corrubedo e a illa de Sálvora, esta última con rango nacional», ilustró. Según los cálculos del diputado, la proposición autonómica se debatirá en el próximo período de sesiones, pero cree que eso no impedirá que «no verán do 2001, Sálvora xa sexa parte dun parque nacional». Titularidad privada ¿Y se recuperará toda la isla para el dominio público? «Esa é unha cuestión que compete á Xunta de Galicia, que podería negociar a permuta ou a compra». Pero eso serán trámites a posteriori. Ahora, «o que importa é que Sálvora terá unha protección que garantirá a súa conservación como conxunto de interés ecolóxico», sentenció Manuel Ruiz. La isla arousana tiene dueño. Aquellas zonas alejadas del dominio público que establece Costas pertenecen a la familia Otero Goyanes, que siempre acotó celosamente el paraje para los intrusos. En una superficie de 187,6 hectáreas conviven montañas, un pazo, una capilla, una aldea, caballos salvajes, gaviotas, lechuzas y un sinfín de lagartijas a las que visitan las abubillas en primavera. Otras especies recalan en invierno.