Orador al estilo chaplinesco

La Voz

BARBANZA

PERFECTO GARCÍA NEIRA ILUSTRES DESCONOCIDOS Manolo Chinclán irrumpía con la banda de música allí donde se celebraba una fiesta Juan Manuel Rodríguez Muñiz, «Chinclán», el más ilustre de los vagabundos barbanzanos, superadas las vicisitudes de la meningitis que le marcaron su voz y ya declarado andarín de los pueblos del entorno y de otros más alejados, se entregó de lleno a la aventura de los caminos. Al hombre no le gustaba que su familia le reprochase la forma de vida que llevaba ni que lo tratasen de convencer para que se pusiera a trabajar. ¿Trabajar? ¡Vaya proposición!. Él no tenía por qué someterse a los dictados de la sociedad ni de aceptar sus absurdas leyes: La madre naturaleza le proveerá; su albergue será el mundo; su patria, la libertad.

08 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Cuando cumplió los veinte años se hablaba ya de Chinclán hasta en la Patagonia y era más popular que la canción de María de la O, copla que entonces estaba de moda y que se tarareaba en todos los rincones de la geografía española (Carmen Amaya protagonizaría una película con el mismo título dos años después). Dondequiera que estallasen los primeros cohetes festeros, ya se sabía que nuestro hombre no podía andar lejos. Y en cuanto la banda de música rompía el aire con sus clarines, allí lo teníamos a la cabecera de la formación y a la izquierda del director; marchando todo ufano con paso marcial y una sonrisa de oreja a oreja. La gente, asomando en tropel para poder verlo al frente de los uniformados, le dedicaba sus mayores ovaciones. Y era tan grande el gozo de Manolo, tan intensa su felicidad, que no podía con ella y que quisiera repartir a manos llenas. Porque la alegría, cuando es mucha, resulta tan difícil de soportar como la pena. Amante de la música Amaba tanto la música, que todos los directores le cedían la batuta en los conciertos de la tarde. Y aunque su pieza favorita era El sitio de Zaragoza donde hacía una auténtica exhibición de encendido patriotismo, era capaz de interpretar todo lo que le echasen: Se atrevía hasta con el Tannhäuser de Wagner. El genial escarabotense no estaba en el secreto de la dicha que concedía, porque en su alma de clow parecía aliviar su penas del mundo. Como todos le querían bien, lo invitaban a la taberna con frecuencia para que comiese o bebiese algo, pero nunca faltaba el clásico grupo de gamberros que lo hacían excederse más de la cuenta, y el pobre lo pasaba muy mal. Al día siguiente daba pena verlo, parecía un guiñapo con el rostro desencajado y la mirada triste de un perro apaleado. Sentido de la justicia Salvando siempre las distancias que la prudencia aconseja establecer, puede decirse que en Manolo Chinclán había esencias chaplinescas y similitudes comprobadas, pues si en ambos coincidía el gusto por la música, también en los dos predominaba un gran sentido de la justicia y de la verdad: ¿Recuerdan ustedes la arenga de Charlot al mundo en El gran dictador?, pues así se manifestaba Manolo en sus célebres mítines, especialmente contra los especuladores del mercado negro después de la Guerra Civil. En una de sus célebres intervenciones se dirigió a ellos diciéndoles: «A eses estapelistas, a eses ladóns da fariña branca que non queremos en Reveira. Esa fariña hay que persentala, e ese aseite hay que persentalo, e ese vinaje tamén...» Sí, Manolo estaba siempre en la línea de los mejores tribunos, a la altura de los grandes maestros de la oratoria.