El día en que florece la memoria de los nuestros

Siguiendo una tradición que no se agota, los cementerios arousanos se llenaron de flores y vida

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Día de todos los Santos Día de todos los Santos

vilagarcía / la voz

Pétalos de colores sobre fondo gris. Ese fue el cuadro que ayer compusieron los arousanos sobre el telón de fondo del día de Todos los Santos. Es esa la jornada en la que el silencio huye de los cementerios, espantado por las voces de quienes acuden a honrar la memoria de los que les faltan. Los vivos llegan como un bullicioso ejército capaz de colapsar los caminos. De ello pueden dar cuenta, por ejemplo, los policías locales de Vilagarcía que, desde el martes por la tarde, intentan ordenar el ir y venir constante al cementerio de Rubiáns. A este se accede por unos portalones en los que el Concello de Vilagarcía ha colocado unas coronas de blanco radiante. También los ayuntamientos de Cambados y Vilanova colocan flores en recuerdo de los vecinos que ya no están.

Dentro del recinto convivían ayer, al filo de las cuatro de la tarde, cientos de historias. La de la anciana que, con gesto de esfinge, hacía guardia junto a un nicho, sentada en una silla plegable. La del padre que, casi en cuclillas, le explicaba a su hija pequeña quién había sido aquella señora a la que le llevaban flores. La del hombre que plantó romero y hierba luisa alrededor del panteón al que le tuvo que entregar los restos de su hijo. La del nieto que, envuelto en dolor, dejó la camiseta de su equipo de fútbol con una dedicatoria a su abuelo. O la de aquellas dos ancianas que, reencontrándose sabe Dios cuánto tiempo después, rivalizaban en años cumplidos y en el negro de sus ropas.

Fue poco antes de que arrancase la misa cuando comenzó a llover. «Estaba escrito no ceo», dijo una de las mujeres que aguardaban las palabras del cura. Ella, que había leído el mensaje en las nubes de color gris, no tardó nada en cubrirse con un paraguas de cuadros. Muchos imitaron su gesto, porque el agua había sido anunciada y requeteanunciada por los servicios meteorológicos de un país reseco. Aún así, es bien cierto que nunca llueve a gusto de todos: «Ya podía haber esperado un poco». Quizás tenía razón quien pronunció aquellas palabras. Fueron cuatro gotas las que ayer cayeron sobre Arousa. No llegaron siquiera para ilusionar a quienes llevan semanas deseando respirar el aroma a tierra mojada.

Silvestres

Pero esa es otra historia. Es una historia exclusiva de los vivos. Y las que ayer interesaban eran las que abren puertas entre el mundo de aquí y el del más allá. Puertas por las que transitan esas personas, invisibles y silenciosas, que dejan flores silvestres en las tumbas viejas que nadie visita nunca. Pequeñas camelias, florecillas lilas, otras blancas, aparecen colocadas con el esmero que suele acompañar las ofrendas humildes pero sinceras.

En otro rincón del cementerio, frente al panteón de una familia gitana, todo lo contrario: una veintena de ramos, bien trabajados y hermosos, levantan testimonio del amor de la familia por los que les faltan.

Muy cerca, un niño engaña al tiempo haciendo un dibujo, con la punta del pie, sobre el suelo apenas mojado. No parece interesarle demasiado lo que ocurre a su alrededor: el aburrimiento lo ha ganado para su causa. Un señor permanece también ajena a los intercambios sociales entre los que se va la tarde. Mira, con los ojos fijos, húmedos, al nicho en el que desde hace menos de un año descansa uno de sus seres más queridos. Su rostro refleja aún una emoción intensa. Un dolor que aún tiene que disimular. Su recuerdo nos acompaña hasta que salimos del camposanto. Nos esperan el tráfico, las garrapiñadas, las rosquillas y los juguetes. Es el mundo de los vivos.

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