Mientras las mariscadoras trabajan bajo el eclipse de luna, la España interior teme quedarse sin marisco
06 dic 2021 . Actualizado a las 19:05 h.Diciembre. Tiempo de balance. Los primeros en recordarme cómo ha sido el año son los algoritmos de Spotify. Es lógico, si los algoritmos marcan nuestra vida y nos conocen mejor que nadie, nada más razonable que sea un algoritmo quien se adelante y me resuma el año. El algoritmo de Spotify me envía al correo la lista de mis canciones favoritas de 2021 y la encabeza el aria Mesicku na nebi hlubokém de la ópera Rusalka de Antonin Dvorak interpretada por Renée Fleming.
No sabía yo que fuera tan exquisito en mis gustos, es más, no tenía ni idea de que esa hubiera sido mi canción favorita de este año. La verdad es que es muy bonita. No crean que la lista está llena de arias de ópera. En mi top 10 están también Bisbal, Rozalén, Ana Belén, M-Clan, las fadistas Mariza y Ana Moura, Los Secretos, una cani yanki llamada Shania Twain y, para compensar, el Lascia ch’io pianga del Rinaldo de George Frideric Handel. Como ven, un eclecticismo algo insensato y paradójico. El algoritmo es listo porque esa es la esencia de la vida de uno y de tantos como uno: la contradicción, la incoherencia, la mezcolanza y la variedad, dependiendo de cada momento, de cada sensación, de cada estado de ánimo.
El caso es que le hago caso al algoritmo y pincho el aria de Rusalka para conocerme mejor y no se me ocurre otra cosa que entrar en el Facebook de La Voz de Galicia en Arousa. Y entonces se produce la conjunción de los astros y se van sucediendo las sensaciones al compás de las músicas.
Hagan la prueba: pongan sus músicas favoritas de 2021, que seguro que el algoritmo también les ha dicho cuáles son, y deténganse en las fotos de la lluvia en O Salnés o las puestas de sol en Arousa fotografiadas por Mónica Irago y Martina Miser y tendrán la sensación de vivir en el lugar más bello del mundo. Esa hipérbole no la escupe un algoritmo porque es más un sentimiento que un dato objetivo, pero es imposible sustraerse a la belleza del espejo del agua en un charco moteado por hojas amarillas, de una puesta de sol enrojeciendo las nubes mientras las grúas y los artefactos del puerto se siluetean contra el crepúsculo, de una mariscadora trabajando al tiempo que el eclipse lunar se enseñorea del cielo.
Antes de escribir este artículo, he comido en un restaurante extremeño una merluza en salsa verde con almejas de Rianxo. El chef me ha explicado cómo son los trabajos en la ría de Arousa. He escuchado con educación y he callado con prudencia. He aguantado las ganas de aclararle las cosas, de decirle que conozco perfectamente el lugar más bello del mundo. Pero hubiera sonado a pedantería y le hubiera arrebatado al chef su minuto de gloria.
Resulta curioso comprobar cómo, al acercarse la Navidad, la España interior mira a las rías como nunca. Amas y amos de casa, mayoristas y minoristas de pescado, hosteleros y cocineros viven sin vivir en ellos atendiendo a los precios de las lonjas o temiendo que la huelga de transportes deje sin abastecer los mercados y no haya almejas, navajas ni lubinas salvajes.
El chef de las almejas de Rianxo me contaba que el marisco se ha puesto por las nubes porque los marineros dejarán de trabajar temiendo la huelga de camiones de antes de Navidad. Estuve a punto de ponerle el aria de Rusalka y de mostrarle una foto de Mónica Irago subida un par de horas antes en la que se ven varios mariscadores trabajando en los viveros de Carril. A ver si así se tranquilizaba. Pero por lo que contaba sobre el arte de mariscar, creo que no hubiera entendido nada porque el lugar más bello del mundo tiene unos códigos que no descifran los algoritmos.
Por ejemplo, en un vídeo del Facebook de La Voz en Arousa aparecen unos aficionados cantando, aporreando tambores y animando a un equipo de fútbol en un estadio. Así, a simple vista, parecen hooligans ingleses. Detrás de ellos, en la grada, se extiende una bandera de la Union Jack con la leyenda: «God save the Team». Pero atención, no pueden ser ingleses, de la parte superior de la grada desciende un hincha ataviado con una falda escocesa. Si lo del marisco y sus artes es complicado de entender, lo del espíritu británico de Vilagarcía es más difícil aún. ¿Y el escocés en Pasarón? ¿De Vilaxoán quizás?
Y de pronto, mientras el algoritmo me trae un fado de Mariza, aparece en la red de redes una camelia espléndida. Tiene un color tan blanco e irradia tanta belleza que hay que hacer un gran esfuerzo de contención para no caer en el símil fácil de la novia en el altar. Siguen las puestas de sol que envían las lectoras: Carmela Dacosta, Desiré Reguera… ¿Solo ellas son capaces de percatarse de la belleza del lugar más bonito del mundo? Unas cajas llenas de centolas en la lonja de O Grove cierran este paseo por las redes y por las músicas de 2021. Canta Rozalén: «Y si me levanto y miro al cielo, doy las gracias...» por escribir en el lugar más bello del mundo. Gracias algoritmo.