Los nombres de las gaseosas

Hace 50 años, se inauguraba en Vilagarcía la fábrica de gaseosas y refrescos «radicales» Koso


redacción / la voz

Los vilagarcianos de cierta edad aún se despistan, entran en el bar con el nieto y le piden al camarero que le ponga un koso al niño. Si el camarero es joven, pondrá cara de extrañeza, de no enterarse de nada, y pedirá más información: «¿Cómo ha dicho?». Pero si es un veterano en mil barras, solo pedirá una aclaración: «¿De qué quiere el niño el koso, de naranja, de limón o de cocacola?».

Solo en Vilagarcía quedan mayores que llamen kosos, con k, a los refrescos y justo en estos días se cumple medio siglo de la inauguración de la fábrica de gaseosas y refrescos Koso, que revolucionó la hostelería local e introdujo radicalidad en el santoral de las gaseosas. Antes de Koso, estos refrescos tenían nombres castizos. Se llamaban gaseosa La Esperanza (Sierra de Gata), La Revoltosa (Béjar), La Angélica (Ciudad Rodrigo), La Exquisita (Navalmoral de la Mata), Dulcinea (Ciudad Real), La Cenicienta (Madrid), La Antoñita (Valencia de Alcántara), La Pitusa (Rianxo) o El Primor (Cotobade).

Y en estas llega Manolo González Rollán y se inventa la gaseosa Koso, con esa k radical avant la lettre, antecesora de todas las kas que han venido después rompiendo moldes y cristales. Frente a los nombres ingenuos de las gaseosas españolas, la Koso rotunda y revolucionaria. 50 años hace ya de eso y Manolo González Rollán celebra en la quietud de su casa las bodas de oro de una empresa que cambió su vida hasta el punto de que, desde entonces, 50 años ya, es conocido en Vilagarcía y sus contornos como Manolo Koso, una k radical para el último centrista puro de Vilagarcía de Arousa.

Cuando Manolo revolucionó el mercado con su producto con k, en la orilla sur de la ría de Arousa funcionaban 14 fábricas de gaseosa. González Rollán decidió montar la empresa con la más moderna maquinaria y a la inauguración acudieron las autoridades locales y provinciales. ¿Pero cómo llamar a aquel refresco? Manolo debía de ser ya un centrista antes de que existiera el centro, pero nunca fue un mojigato ni un cursi y eso de llamar a su gaseosa Paquita o La Picariña no le acababa de convencer. Sucedió que Keno Álvarez y José Antonio Barca, a la sazón dueño del café Central, le explicaron que si los clientes entraban en los bares y le decían al camarero: «Ponme un coso», por qué no llamar así al nuevo producto. Manolo lo pilló al vuelo, pero añadió la k radical muchos años antes de que Eskorbuto, Ktulú, Katatonia, Las Ketchup y El Kanka triunfaran. Fue hace 50 años y en ese momento, en España, la modernidad eran Karina, los refrescos Koso y, ¡ay!, otros refrescos, estos vascos, que también utilizaban la k, o sea, Kas naranja y Kas limón.

Puso de los nervios a Kas

Esta marca, hoy propiedad de Pepsico, se puso de los nervios al enterarse de que en Vilagarcía había un señor que acababa de lanzar al mercado otros refrescos con k y litigaron. Quisieron impugnar el Koso vilagarciano, pero Manolo González Rollán se adelantó a Luis Knörr Elorza, fundador de la empresa alavesa, registrando su marca Koso hasta en Vietnam y Kas tuvo que asimilar el hecho de ser la marca de refrescos más popular en todo el norte de España, excepto en una comarca irreductible del noroeste donde reinaba el Koso.

Realmente, la competencia fuerte de Manolo Koso hace medio siglo no era Kas, sino La Casera, una gaseosa modosita, gaseosa con c, familiar, entrañable, tradicional, pero demasiado poderosa para que Koso, en solitario, se enfrentara a Casera. Para hacerse fuertes, Manuel González Rollán y Gustavo Adolfo Puceiro Llovo impulsaron la unión de las 14 fábricas de O Salnés en una sola: Carbónica Arousana. Y así nació gaseosa A Nosa, cuya planta de envasado fue la primera que se instaló en el polígono de Bamio. Años después, el propio Manolo Koso comercializó el agua mineral de Bamio con un nombre menos revolucionario: Agua San Ginés.

Manolo vive retirado del mundanal ruido de la empresa y la política, actividades a las que dedicó gran parte de su vida. Sigue viviendo en su casa del Camiño da Escardia, adonde se trasladó en 1960. Allí recuerda momentos estelares de su biografía: su apuesta por Adolfo Suárez y el CDS cuando este partido era ya tan solo un ejemplo de resistencia moral sin aspiraciones; sus enfrentamientos con Pablo Vioque en la Cámara de Comercio cuando el abogado era omnipotente y casi nadie le rechistaba; su idealista Pacto del Cocido, que fue uno de los últimos intentos de reconducir el Liceo Marítimo cuando ya se adivinaba la hecatombe.

Un activista infatigable

Manolo Koso fue un apóstol de las causas perdidas vilagarcianas. Un activista incansable que se comprometía para arreglar cuanto oliera a mediocridad y podredumbre. Desde su casa campestre sigue atento a la actualidad, comprometido a su manera y como puede con la ciudad a la que llegó su padre, un vallisoletano de Torrecilla de la Abadesa, en 1938. Pero de todas sus iniciativas, de la que está más orgulloso es de aquella fábrica de gaseosas y refrescos que abrió hace medio siglo. De aquel empeño le quedan algunas botellas, algunas fotos y un apellido que parece rumano, pero es vilagarciano: Koso… Manolo Koso.

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