Señoras que acogen a perros y gatos

En O Salnés, las mujeres han sido pioneras en la protección de animales abandonados


redacción / la voz

Bea Heyder vive en el lugar de A Medoña, en Meis. Allí ha alquilado una casa que habita con su familia. La particularidad de Bea Heyder es que da cobijo a 33 perros abandonados por sus dueños, a 4 caballos, también adoptados tras encontrarlos en condiciones lamentables, y a una cabra. Su refugio de animales, altruista y generoso, es un ejemplo social. Sin embargo, parece ser que en su entorno no valoran la dedicación de Bea como una virtud, sino como una molestia y, denunciaba ella, han presionado a su casero para que no le renueve el alquiler. Conclusión: o Bea Heyder encontraba en O Salnés una casa con espacio para su refugio antes de marzo o se marchaba. Y, finalmente se irá, a Malpica.

Las presuntas presiones vecinales a Bea provocan tristeza, pero hace unos años era mucho peor: en 1994, un camión recorría la comarca recogiendo los perros abandonados, que luego sacrificaba. «Era como lo que Hitler hacía con los judíos», denunciaba Mari Cruz Coello aquella labor de exterminio. Mari Cruz era otra mujer entregada a la protección de los animales abandonados. En su casa y finca de Trabanca Badiña acogía a 15 perros vagabundos y a 13 gatos abandonados, que convivían con 11 ovejas y 18 gallinas en una divertida granja sin rebelión.

Mari Cruz bajaba cada dos días al comedor de Cáritas a recoger las sobras de la comida. Con ellas alimentaba a sus perros. Para que sus gatos estuvieran bien nutridos, compraba banastas de pescado, que limpiaba, congelaba y luego cocía con arroz. En estos casos, siempre hay alguien que suele argumentar que mejor sería preocuparse por las personas en vez de atender a los animales.

Marina Rodríguez, otra amiga de los perros y los gatos, me contaba que «en general, quienes más se preocupan por los animales son también quienes más se preocupan por las personas». Y eso sucedía en el caso de Mari Cruz Coello, que, al tiempo que cuidaba a sus gatos y a sus perros sin amo, tramitaba en el Ayuntamiento de Vilagarcía todo el papeleo para empadronar a un grupo de húngaros que se habían instalado en Trabanca con su autobús, su cabra, su poni y su música. Antes, había cobijado a un vagabundo francés al que buscó trabajo y ayudó a salir adelante hasta que lo derrotó el alcohol.

A Marina Rodríguez, bióloga y veterinaria, le cabe el honor de haber abierto la primera clínica veterinaria de Vilagarcía. Sucedió en 1988 y el primer cliente fue Roberto Ocaña Novoa, que llevó a su perro aquejado de moquillo nervioso. Marina y Mari Cruz fueron impulsoras de la Sociedad Protectora de Animales de Vilagarcía, una de las primeras de Galicia tras las de Vigo, Pontevedra, Ourense, Lugo y Santiago.

En ese punto del amor a los animales, Vilagarcía es una ciudad pionera. De aquella primera clínica, de la labor ejemplar de Mari Cruz y de la educación que recibían en aquellos años 90 los niños vilagarcianos, proviene esa imagen tan reconfortante que se puede disfrutar en el paseo marítimo los días de sol, con decenas de vilagarcianos paseando a sus perros.

De aquel tiempo de pioneras de la protección animal, recuerdo el caso de un grupo de niños de O Piñeiriño que cuidaban entre todos de una perra vagabunda y de sus cachorros. Llevaban a la familia de canes a la clínica de Marina para desparasitarlos, le preguntaban si ella cobraba por hablar y la veterinaria los atendía gratuitamente. Así les quedaba más dinero para comprar, siempre a escote, los sacos de pienso.

Estas historias de niños que se desvelan por los animales sin hogar son hoy muy frecuentes, pero hace 25 años no se conocían prácticamente. Los maestros tenían también esa preocupación por educar a los niños en la protección animal. Al otro lado del municipio, en Bamio, la profe de la escuela unitaria de Pedroso daba el primer día una consigna a sus alumnos de tres añitos: «Aquí no se pisan los gusanos, no se matan las arañas ni se destripan los caracoles».

Dolores Arias, que así se llamaba la maestra, y sus alumnos acogían a una perrita vagabunda, que dormía cada noche en el felpudo de la escuela. En primavera, el tejado del aula se llenaba de pájaros, una pareja de abubillas comía en las ventanas y, de vez en cuando, Dolores mandaba callar para escuchar los trinos de los pájaros. De una educación así, proviene una sociedad que respeta a los animales, los cuida y los acoge. Ahí está el caso de Mónica Touriño, que adoptó en Catoira a los galgos Brisca y Caramelo y con ellos ha conseguido siete campeonatos de la Copa de España de canicrós.

Aseguraba la veterinaria Marina Rodríguez que la protección de los animales es un síntoma de avance social. A los pocos años de abrir su clínica pionera, ya tenía tres mil fichas de arousanos que convivían con animales en sus casas y eran pacientes suyos, una convivencia que ayuda a combatir la soledad, crea lazos de unión y gratifica con responsabilidades. Esa cifra se ha multiplicado desde entonces, aunque de vez en cuando haya quien presione a un casero para impedir que una señora ejemplar cuide a unos pobres perros y gatos abandonados.

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