Sentir morriña de Vilagarcía

Cuando vives lejos, una serie de televisión, una visita o un detalle disparan la nostalgia


redacción / la voz

Hace unos días, mientras desayunaba, escuché en Canal Extremadura, la radio pública extremeña, que en el cementerio alemán de Cuacos de Yuste estaban enterrados dos marinos de aquel país que habían perdido la vida en Vilagarcía de Arousa durante una travesía entre Hamburgo y Buenos Aires. Me hizo ilusión, una ilusión negra y luctuosa, desde luego, pero cuando amas un lugar, cualquier detalle relacionado con él te provoca emoción, aunque sea la desdichada muerte de un presidente de la Cámara de Comercio de Vilagarcía en un conocido hotel de Cáceres durante un viaje de trabajo, triste desenlace ocurrido hace unos años.

Cuando vives lejos del sitio que amas, cualquier detalle relacionado con ese espacio físico y humano que te acogió te acelera la nostalgia y te dispara la morriña. No saben con qué entusiasmo, casi ansiedad, esperamos los vilagarcianos en la diáspora el pase semanal de series como Fariña o Vivir sin permiso y los documentales que las suceden, donde aparecen tantos conocidos apreciados (León, Felipe).

Recuerdo que al empezar a escribir este Callejón del Viento en La Voz de Galicia, cuando algún lector se sentía herido, escribía una carta al director refutando mis argumentos, pero dejando caer que mi mayor error era no ser vilagarciano. Con el tiempo, la ciudad me acogió y ese argumento dejó de ser utilizado.

Pero lo más descorazonador y, a la vez, divertido, fue venirme a vivir a Cáceres y empezar a escribir en la prensa regional. En uno de mis primeros artículos, narré una procesión llamada La Carrerita, que tiene lugar en Villanueva de la Serena (Badajoz). En ella, Cristo resucitado y la Virgen salen al encuentro con sus cofradías detrás. El Cristo es el paso de los comerciantes y los señoritos y la Virgen era seguida desde antiguo por campesinos, apodados «pelúos». Titulé: «Señoritos y pelúos», ironicé sobre el aire sanferminero de la procesión a la carrera y me cayó la del pulpo: varias cartas al director donde no lamentaban mi falta de devoción y respeto ni mis posibles errores, sino que era «ese periodista gallego». Periodista gallego en mi tierra natal y periodista extremeño en mi tierra de adopción... El localismo como arma arrojadiza y los sentimientos como única patria.

Cuando acudo a un acto oficial, llevo en el ojal un escudo dorado que despierta curiosidad. Me preguntan por su origen y respondo orgulloso que es la insignia de oro de Vilagarcía de Arousa, que me impuso su alcalde, Alberto Varela, en el balcón de Ravella tras leer el pregón de San Roque. Ese escudo no es una insignia, es un sentimiento.

El primer artículo que publiqué en La Voz de Galicia (13 de julio de 1986) contaba que la tuna de León había venido a rondar a mi vecina de la calle Vicente Risco de Vilagarcía, que acabó siendo profesora de música en un instituto de Cáceres. Me hizo mucha ilusión cenar con Quico Redondo y Mar Durán en la parte antigua de Cáceres, me emocionó encontrarme con una hija de Rivera Mallo en una fiesta de mi periódico (Hoy) en Mérida o que mi madre me contara que había coincidido en una cola de la pescadería con una hermana de Quico Redondo que vive en Cáceres. Cada vez que voy a Tráfico, saludo al hijo de Pilar Martínez, la farmacéutica del Callejón del Viento, y no hay nada que más me fastidie que un vilagarciano venga a Cáceres, pregunte por mí y no pueda verlo. Me sucedió con Manolo Míguez y con Celso Suárez. Desde entonces, los conserjes de mi trabajo tienen la orden taxativa de no facilitar mi teléfono personal a nadie excepto si es de Vilagarcía.

Aunque nada tan estimulante como el día que descubrí, gracias al colega Fernando Salgado, que el nieto del comandante Sotomayor vivía en La Siberia extremeña, en Helechosa de los Montes, el pueblo español más alejado de su capital de provincia (está a 227 kilómetros de Badajoz). El arousano José Fernando Fernández Vázquez, «Comandante Sotomayor», fue un teniente de navío, comunista y participante en la sublevación de Jaca de 1930, destinado en Vilagarcía como teniente de navío al inicio de la Guerra Civil con la misión de defender la ría. El triunfo de la sublevación franquista lo obligó a escapar, pero antes, en un golpe de mano al frente de siete hombres, tomó un cazaminas en el puerto de Vilagarcía, luego voló un carguero alemán en Oporto y participó en el hundimiento del crucero Baleares.

Acabada la Guerra Civil, entra en la Resistencia francesa y será apresado y recluido en el campo de concentración de Auschwitz, de donde sale pesando 37 kilos. Conocido ya como Comandante Sotomayor, se exilia en Venezuela, donde lidera con 24 hombres el secuestro del trasatlántico portugués Santa María entre el 21 de enero y el 3 de febrero de 1961. Esta operación pone en jaque a los gobiernos de Franco y Salazar y será contada en un libro por el propio Sotomayor.

Su nieto, el vilagarciano Higinio Fernández, marino de guerra, conoció a la extremeña Meri Murillo, se casaron y ahora son bomberos forestales en Helechosa. Hablar de Vilagarcía en La Siberia te demuestra que el poeta Rilke se equivocaba: la patria no es solo tu infancia, también es patria tu morriña.

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