Reflexiones a la orilla del Valga

Begoña Paso begona.paso@lavoz.es

VALGA

M. M.

La Festa da Anguía me ha dado que pensar y ha conseguido incluso cambiar en mí algunas actitudes. En lo sucesivo, haré lo posible por no perderme la cita

26 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Confesiones Les confesaré que era yo un poco reacia a eso de comer «cosas raras». Sin embargo, he logrado vencer mi resistencia, he puesto en marcha mi espíritu aventurero y el domingo por la mañana cogí mi coche y enfilé rumbo a Valga. Al fin y al cabo, algo debe tener la anguila si consigue reunir cada año a miles de personas en torno a su fiesta. Disquisiciones Y no hay como probar cosas nuevas, porque les aseguro que haré lo posible por no perderme la cita en lo sucesivo. Un día de sol, al ladito del río y degustando esos manjares deliciosos es sin duda una magnífica forma de pasar un domingo. Y no se crean, que la fiesta de Valga me dio a mi mucho que pensar. Porque no me dirán que no es raro que las cosas más ricas de este mundo suelen tener una apariencia más bien poco apetecible. Piensen si no en un percebe, en una nécora o en la propia anguila. Manjares que la primera vez que se llevaron a la boca debió ser por auténtica necesidad. Y fíjense al final lo que hemos descubierto. Efluvios de licor Claro que estos pensamientos que tan profundamente me embargaron no tengo yo muy claro si fueron producto del relax de la orilla del río o de los efluvios de la caña do país que nos ofrecieron en Valga. Todo momento es bueno para aprender Pero también se aprenden cosas en una fiesta. Sin ir más lejos, en Valga puede aprenderse a confeccionar un buen aguardiente artesanal. Eso si que es paciencia: mientras todos comían, un augardenteiro mostraba cómo se hace un buen licor.