Las señoras de los castillos de madera

R.E. PONTECESURES / LA VOZ

PONTECESURES

PASARIN

En el potente puerto maderero que fue Pontecesures, el trabajo de las mujeres fue crucial: asumían cargas y peligros a cambio de unos jornales escuálidos

07 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando se las oye nombrar por primera vez, las «mulleres dos castelos de madeira» pueden confundirse con seres mágicos, con una variedad de «mouras» afincadas en la desembocadura del Ulla. En cuanto la niebla del desconocimiento comienza a disiparse, enseguida se rompe el encantamiento y la realidad se deja ver. Dura pero hermosa. Dolorosa pero digna. Valerosa y precaria. Porque cuando en Pontecesures se habla de las mujeres de los castillos de madera, se habla de mujeres de carne y hueso. Mujeres que durante años ayudaron a sostener con su trabajo, tan peligroso como precario, el poderío maderero del puerto local y la vida de sus familias.

Daniel Seijas, doctor en Historia Contemporánea, ayuda a trazar el mapa del puerto de Pontecesures en el pasado siglo. Era este un enclave potente, la salida natural para el tablón que se producía en los numerosos aserraderos que funcionaban en la contorna. «Levábase a Vilagarcía, Marín ou Vigo e dende alí, para Asturias ou Canarias», recuerda el historiador. Ese pujante negocio, que vivió una etapa de esplendor entre los años 40 y 60 del siglo pasado, se construía sobre una materia prima que los hombres cortaban en las fábricas —de todos los que hubo, solo queda ahora un aserradero en Pontecesures— y las mujeres se encargaban de poner las tablas a secar en el puerto y de cargarlas en los barcos.

Concello de Pontecesures / José Calvo Docampo

El trabajo de la madera marcó el paisaje cesureño durante muchos años. Y es que «toda a zona portuaria» estaba llena de estas torres hechas con tablas. «Entre a ponte e onde está a fábrica da Nestlè, estaba cheo», dice Seijas. También al otro lado del río se sucedían esas torres, que alcanzaban varios metros de altura. «A madeira había que colocala ben para que secara. E as torres había que levantalas con certo arte para que non caíran», relata el historiador.

«Ao tablón traballaron moitas mulleres», cuenta. La faena era dura. Exigía fortaleza, agilidad y ningún miedo a las alturas: había que subir y bajar, había que cargar y mover, y había que hacerlo todo sin medidas de seguridad, ni ropas técnicas... Más bien todo lo contrario: muchas de aquellas jornaleras trepaban por los castillos de madera descalzas o con los pies cubiertos por pobres zapatos, vestidas con unas faldas —¡cielos!, ¿qué podrían vestir si no?— que seguramente no facilitaban los movimientos, sino todo lo contrario.

Pese a esas precarias circunstancias, varias generaciones de mujeres buscaron en el puerto cesureño un jornal. Eran sueldos cativos: España vivía una dura posguerra; años de hambre y padecimientos. «Os xornais eran pequenos... Pero aínda menos mal, porque era unha maneira que tiñas as mulleres de acceder a unha certa independencia», señala Seijas. Y reflexiona sobre como, en aquellos años, la mujeres de la costa encontraron en fábricas de conserva o vendiendo pescado puerta a puerta —como las patifas— unos trabajos que les permitían soñar con algo mejor. «Naquel momento as condicións eran malas en todos lados menos na Nestlè, onde había bos soldos e as condicións de traballo eran outra cousa; por iso todo o mundo quería ir para alí».

Concello de Pontecesures / José Calvo Docampo

El mundo de las mujeres del tablón, o de los castillos de madera, se esfumó poco a poco, a medida que declinaba la importancia de Pontecesures como puerto maderero. Su memoria, en cambio, no debería desaparecer nunca. Porque ellas, igual que muchas otras, contribuyeron con su esfuerzo y con su fortaleza a construir un mundo más habitable para todas las mujeres que vinieron después.