Una vida recolectando objetos por amor al mar

El rechazo a desprenderse de viejos utensilios le sirvió a Peliso para complementar el Museo de la Salazón


O GROVE / La voz

La historia del Espazo Museístico Salgadeiras de Moreiras (conocido como el Museo de la Salazón) no puede llegar a entenderse sin conocer la de su alma máter, el biólogo meco José Luís Escalante (conocido como Peliso). Podría decirse que el vinculo se creó mucho antes de que el museo comenzase a cobrar forma; cuando el subconsciente de un joven Peliso provocó que comenzase a guardar varios de los objetos que se acumulaban en el fallado de la casa de su abuela. Al iniciarse las obras de remodelación de esta vivienda, apareció en él esa nostalgia que impide deshacerse de ciertos objetos a pesar de que todo apunte a que no se le dará ningún uso. Varios años después, ese apego a utensilios como las agujas de atar que su madre utilizaba cuando ejercía de redeira, se han hecho un hueco en un espacio que rinde el mejor homenaje posible al mar y a todos aquellos que viven de él.

Cuando el joven que acumulaba objetos familiares y de los marineros con los que se relacionaba cumplió los dieciocho años, dejó O Grove para estudiar Medicina. Pronto descubrió que no era lo suyo. O, más bien, aunque siempre lo supo, esperó a que sus allegados le impulsasen a dedicarse a algo que realmente le gustase. Cambio así el rumbo de su vida y se matriculó en Biología Marina. Todo un acierto. Con sus primeros trabajos, continuaron las recolecciones.

«Trabajé para el Instituto Español de Oceanografía y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas», señala Peliso sobre unos años en continuo movimiento. Las islas Malvinas, la del Oso o la de Terranova son algunos de los lugares a los que se embarcó para realizar estudios de poblaciones de distintas especies. La recopilación de utensilios continuó en estos viajes pero la creación del museo todavía estaba lejos de pasársele por la cabeza. Aún tenía que pasar por las cofradías de O Grove y Vilanova e impartir cursos de temáticas como el marisqueo o los cultivos marinos, que permitiesen a los matriculados obtener el permex.

Festa do Marisco

Fue en la Festa do Marisco donde se empezó a dibujar lo que sería la creación del museo. «En el año 1990, cuando todavía no había las carpas, hicimos una exposición en la lonja que se centró en los acuarios», señala. Volvió a repetir año tras año consolidando la tradición. Ya asentada, apostaron por montar una carpa temática,

Mar adentro

, que desembocaría en cinco años de exposiciones consecutivas: la carpintería de Ribeira y las conservas fueron parte de las temáticas que desarrollaron. Fue el comienzo de algo grande. Por un lado la publicación del libro

Cinco anos mar adentro

y por otro la creación del museo, que se fue gestando con el material y la información recolectada durante esos años. «Fue el inicio real», señala.

Como en cualquier proyecto ambicioso, los comienzos fueron ajetreados. Peliso estuvo implicado en cada paso. Al echar la vista atrás lo primero en lo que se detiene es en la elección del local. «Había dos posibilidades. Una en el puerto y la elegida, en Punta Moreiras», señala. Es también un homenaje a las sardinas a la salazón, un método que llegó a O Grove de mano de los catalanes. «Se echaban grandes cantidades de sardinas en lagares que contenían agua de mar con sal. Se dejaban cubiertas con el agua entre 15 y 30 días para luego lavarlas y colocarlas en toneles para su prensado», explica Peliso sobre una técnica que difiere totalmente de la gallega.

En este entorno inmejorable, el museo comenzó a cobrar vida. Mientras que los arquitectos Carolina Álvarez y David Cacabelos le daban forma a este espacio, Peliso lo llenaba de historia. La de O Grove y sus vecinos. «Todo tiene que tener un fundamento», señala el biólogo sobre las explicaciones que acompañan a objetos y fotografías. A pesar de que no falta detalle, su experiencia le llevó a apostar por textos breves. «Visité muchos museos para observar que, cuando hay demasiado que leer, la gente no tiene tiempo», indica.

Para los objetos en mal estado, contó con el mejor aliado durante cinco años: José Ramón Rey. «Es un manitas», asegura. Además de la restauración, se encargó de recrear instrumentos como la camboña. «Se utilizaba para recoger algas en la orilla pero me resultó imposible localizar alguna. Solo una fotografía de un francés que le sirvió a José Ramón para recrearla», recuerda. Juntos hicieron del museo un lugar que merece la pena visitar. Y, para aquellos que tienen tiempo, Peliso sirve de la mejor guía posible. Para algo es su alma máter.

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