El monte busca sus papeles

En la orilla sur de Arousa, la superficie forestal certificada es mínima, casi anecdótica. Y eso que la demanda de madera sostenible no para de crecer

Marcos Estévez (técnico de FSC), Noemí García (consultora) y el maderero Rafael Díaz, ante una parcela de monte certificado en Meis.
Marcos Estévez (técnico de FSC), Noemí García (consultora) y el maderero Rafael Díaz, ante una parcela de monte certificado en Meis.

vilagarcía / la voz

«Hoxendía todo quere papeles». La reflexión, verbalizada por un comunero, refleja la confusión que sienten muchos de los actores implicados con la gestión del monte arousano cuando se enfrentan al término «certificación». Saben, sí, que la madera certificada se vende a mejor precio que la que no lo está. Y que la demanda de este tipo de producto crece a toda velocidad. Pero ni siquiera esas promesas de mejora económica han logrado generalizar en nuestros montes los sellos PEFC y FSC, que garantizan una gestión forestal sostenible. Ante semejante marea de desconocimiento -cuando no de franca desconfianza-, no es de extrañar que la cantidad de monte certificado en la orilla sur de la ría de Arousa sea mínimo. Casi casi, anecdótico.

No siempre fue así. Hace unos años, la Xunta certificó muchas hectáreas cuya gestión habían dejado en sus manos los comuneros del Castrove y del Xiabre. En la zona, explica Claudio Quintillán, llegó a haber 2.300 hectáreas de monte comunal amparado por el PEFC. Sin embargo, entre que el mantenimiento de las parcelas no fue el debido -nadie se tomó en serio el asunto- y los devastadores incendios del 2006, esas certificaciones decayeron. Apenas quedan algunas parcelas en Dimo protegidas por el sello de calidad.

Elsa Grille es técnica del PEFC en Galicia. Asegura que el escaso interés de los comuneros es generalizado en toda Galicia: más del 90% de la superficie forestal amparada por ese sello pertenece a particulares. Y eso, teniendo en cuenta el minifundismo que también caracteriza a nuestros montes, supone «que tenemos que certificar mini parcelas».

Un escenario similar presenta el responsable del FSC en Galicia, Marcos Estévez. A su juicio, el perfil de los propietarios es uno de los obstáculos que, hasta ahora, ha impedido el arraigo de la certificación de nuestro suelo forestal. Por un lado, por el minifundismo. Por el otro, «porque los propietarios no son profesionales del monte». Los árboles son una suerte de hucha vertical a la que, generalmente, no se le presta demasiada atención hasta que se plantea la necesidad de echar mano de ella.

Las figuras clave

En este contexto, los madereros juegan un papel determinante a la hora de ir incorporando nuevas hectáreas a los sellos de certificación ambiental. A gente como Rafael Díaz, de Maderas Díaz y Buceta (Meis), se dirigen los propietarios de montes cuando tienen árboles que vender. El maderero suele ser el primero que les habla de la certificación y de los beneficios económicos que esta puede reportar. Baste, como ejemplo, las primas que ofrece Ence por la madera certificada: 2,78 euros por tonelada para la madera con un único sello, y hasta cinco euros por tonelada para aquella que tiene tanto el sello PEFC como el FSC.

Esas primas no servirían de mucho si no existiesen «grupos gallegos de certificación» que permiten a los pequeños propietarios asociarse y simplificar y abaratar el proceso de certificación de sus parcelas. Noemí García, consultora de uno de esos grupos, sostiene que la agrupación de propietarios es imprescindible para plantar cara a los problemas de la propiedad del suelo.

Así, poco a poco, introduciendo adaptaciones a la realidad gallega, crece la superficie de monte certificado en la comarca. Pero lo hace a un ritmo demasiado lento para lo que demandan los mercados. En Europa los consumidores son cada vez más exigentes. Quieren productos con garantías ambientales y se han acostumbrado a buscar los sellos de sostenibilidad tanto en los paquetes de folios como en los muebles de cocina «Aquí eso aún nos resulta extraño, pero en otros países no. Marcas como Ikea, por ejemplo, demandan madera certificada porque los consumidores se la exigen a ellos», explica Marcos Estévez.

En estos momentos, cualquier empresa vinculada al sector forestal que exporte sus productos demanda madera certificada en su origen y en su procesado. En Galicia, una potencia forestal, la cantidad de monte habilitado para servir ese producto es tan reducida que se ha llegado a dar la paradoja de que empresas aquí afincadas han tenido que importar materia prima de países como Polonia para procesarla y enviarla de nuevo a los mercados europeos. «En Galicia hay un potencial que no está siendo canalizado y que supone una pérdida de oportunidades enorme», explica Luis Javier Sánchez, gerente de sustentabilidad forestal de Ence.

El camino

La certificación de los montes parece un reto que los propietarios gallegos tendrán que afrontar sí o sí, tanto para atender la demanda de las empresas que ya existen como para ayudar a convertir el monte en la fuente de riqueza que puede ser. A fin de cuentas, certificar suelo forestal supone aprobar un plan de gestión, supone cuidar la masa forestal. Y supone, también, preservarla para quienes llegarán después.

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