Chasis de hormigón

Manuel Catoira es uno de los más polifacéticos artistas ourensanos: pintor, novelista y poeta en una misma persona


ourense

«Si vas a intentarlo ve hasta el final…», Bukowski. Manuel López González, artista multidisciplinar, conocido como Manuel Catoira, ya que, citando a John Le Carré, afirma: «Todo artista necesita un seudónimo».

Catoira escritor con una nutrida e interesante obra narrativa como A cadea o Intento de fuga de la Prisión Central, cultiva ensayo y poesía como Ópera abierta y didáctica como Antología de poesía gallega. Como renovador de lenguajes, constituye una personalidad proteica en la revolución intelectual y plástica del arte gallego. Revisando, inicialmente, la tradición tan serenamente estricta que el pintor Luciano Cárcamo desarrollaba para posicionarse en una vanguardia de corte expresionista y extrema con alusiones al paisaje en la desmesura plástica, la introducción textual y de materiales sorprendentes, la desfiguración de la forma, alterando signos culturales, símbolos y significados tanto como sensaciones o ideas. Como plástico, mantiene una tendencia expresionista que ha derivado a una fórmula más personal de un Expresionismo lírico.

De la crudeza de lo irreductible y radical del esperpento con su ingenua dualidad humana de un expresionismo inteligente, crítico, lúcido y valleinclanesco, soberbio, ácido y bárbaro o lírico y mágico como las obras de la colección Dos biosbardos e outras ausencias, homenaje a Eduardo Blanco Amor con alusiones a esta y otras referencias literarias y artísticas que en el ecosistema plástico de Catoira fluyen desde su amplio patrimonio cultural. Cosmovisión dramática poblada por una miscelánea de seres fantásticos, híbridas presencias de un universo mítico y creativo como en el de Cunqueiro y real, crudo, existencial y desencantado como el de Bukowski. Aves, musarañas, zorros y otros animales embutidos en el traje gris que uniforma a la multitud anodina, seres que expresan cierta indiferencia y solemnidad desde su primer plano aislado del fondo y remiten en ternura e imaginación a Chagall, fluctuando, la obra de Catoira como en la del bielorruso, entre fantasía y realidad, el folklore, la impronta simbólica del subconsciente y la efervescencia del recuerdo de un París cosmopolita y el rumor de la aldea con el espíritu de las vanguardias como fusión extrema de lenguajes y conceptos, tan iconoclasta como surreal y fauve en el sentido libre y salvaje del color.

Un complejo universo pictórico que unido a una inteligencia fuera de lo común, el peso de la experiencia de un analista de lo humano, la ingeniosa ironía y un posicionamiento crítico, con cierta reminiscencia filosófica de la Escuela cínica (crítica con los males de la sociedad: el hombre con menos necesidades es más libre y feliz) presenta en su óptica caleidoscópica a través de la enigmática figuración en la que lo común y lo imaginario adquiere la misma dimensión: biosbardos, cocerellos, gamusinos y gazafellos que son apropiaciones de ese magnífico bestiario imaginario que entronca con la tradición literaria y la antropología cultural de Galicia. Son estos esquivos seres reflejo de la dualidad humana, híbridos monstruos luchando entre el instinto y lo social contra las imposiciones de la oscura y perversa y uniforme globalización.

Entre la unicidad del uno, intentando escapar de la trampa de lo establecido y la húmeda vulgaridad enmohecida de lo cotidiano de las mentiras instituidas por una colmena que engulle a sus miembros. Seres animalizados y animales humanizados expresados a través de un lenguaje plástico con sabia utilización de los recursos cromático- espaciales y de la técnica del dibujo, presente en el trazo grueso, gestual y temperamental que, delimitando las formas, las aísla mediante planos en los que alterna geometría y color. Su capacidad expresiva se multiplica a través de la experimentación con las distintas técnicas, así como en la integración de las mismas, desde el acrílico a los lápices de color y de materiales con la técnica aditiva del colaje, originando espléndidos abstractos y técnicas mixtas de texturas sorprendentes y planos yuxtapuestos. Atrevidos escorzos ponderan la hipertrofia figurativa que deriva en el Expresionismo, suavizada la forma por el cromático elemento pierde su conceptual fiereza.

Y en el valiente protagonismo del vacío como fondo, la ausencia proyecta la forma con equilibrio maestro y define su posición en espacios anamórficos de perspectiva anulada, introduciendo un nuevo esquema representativo y dual entre lo intangible y lo físico.

«Definirse, es limitarse». Oscar Wilde.

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