El Triángulo de las Farturas

En enero comienza en el eje Catoira-Valga-Cesures el mes de los cocidos y las lampreas


Vilagarcía / la voz

En 1982, monté un grupo de teatro en lo que hoy es el IES Fermín Bouza Brey de Vilagarcía, que entonces era, simplemente, el Instituto de FP de Fontecarmoa. Los actores, técnicos, maquilladores, etcétera, eran todos alumnos del instituto y la compañía teatral se llamaba Tragoi. Como en el elenco había doce mujeres y dos hombres, no encontraba ninguna obra sencilla para un plantel tan desequilibrado y me atreví a escribir una comedia que titulé Arosa tiene una cosa. Era bastante mala, lo reconozco sin falsa modestia, pero a nosotros nos sirvió para iniciarnos en el mundo del teatro. Creo que en pocos períodos de nuestras vidas hemos sido tan felices tanto aquellos alumnos, que andaban por los 17 o18 años, como un servidor, que acababa de cumplir los 25. Después de aquel vodevil en castellano, me atreví con el gallego y escribí una obra infantil: A increíble historia de don Mexilón e don Calamar. Y ya con cierta experiencia y muchas tablas, nos atrevimos con algo más complejo y tradujimos y estrenamos por primera vez a Woody Allen en gallego: Aspirina para dous.

En un microbús de la empresa Pereira recorríamos Galicia. No puedo olvidar a Ignacio, su conductor, un hombre paciente, culto y novelista, que nos trataba con mucho cariño. Llegábamos a las parroquias de Vilagarcía, Catoira, Rianxo o Burela y a los auditorios de Santiago o Pontevedra y nos anunciaban con bombas y megafonía municipal. En una ocasión, nuestro equipo de sonido sirvió para que Gonzalo Torrente Ballester, que ejerció de telonero, diera el pregón de las fiestas de Nigrán. En fin, qué tiempo tan feliz...

Después, los actores se hicieron mayores, empezaron a trabajar, formaron familias, yo me dediqué a otras cosas, Tragoi se deshizo a finales de los 80 y dejamos de vernos hasta que nos reunió el wasap: creamos un grupo en 2016 y desde entonces nos juntamos a cenar en Catoira en verano y estamos en contacto permanente.

Ayer sábado, los actores de Tragoi hicieron lo mismo que cientos de arousanos en estos días del invierno más crudo: se juntaron a tomar un cocido. Lo hicieron en Casa Comparada, en Cordeiro, a un paso del auditorio de Valga. Carmucha Comparada es madre de Carmen, actriz de Tragoi, y alma de este restaurante centenario: uno de los templos gallegos de estos cocidos de enero y febrero, donde hay que cumplir con el rito de reservar con tiempo para ir desalando las carnes y donde, tras el banquete, se puede facilitar la digestión jugando al futbolín.

Me he perdido el cocido

Ayer no pude estar en ese cocido “teatral”. Me he perdido la cacheira, el lacón, los chorizos, la gallina, el jarrete, la costilla mainiña, los garbanzos y los grelos. Pero sobre todo, me he perdido ese ambiente que se crea alrededor de un cocido gallego con la gente que quieres, con la que empezaste a tener cosas en común hace 37 años y sigues manteniendo una entrañable relación. Cocidos como este del grupo de teatro Tragoi se repiten a lo largo y ancho de Galicia: peñas, familias, antiguos compañeros de colegio, de trabajo, de ilusiones se juntan, comen y disfrutan lo que no está escrito.

A partir del 20 de enero, empieza en Arousa, más concretamente en lo que yo llamo el Triángulo de las Farturas, es decir, el eje Catoira-Valga-Cesures, el mes de la gastronomía tradicional y los banquetes exclusivos porque solo en ese eje se puede disfrutar, con una relación calidad-precio imbatible, de la lamprea, del cocido y, en tiempos, de las angulas cuando su precio aún era asequible. Un eje que pilotaba alrededor de las casas: Suso, Emilio, Hipólito, Xosé, Gómez, Comparada, Potel, además de O Frenazo, Os Camioneiros, etcétera.

Nada de cantos de sirena

Las cocineras del Triángulo de las Farturas han sabido conservar las recetas de siempre sin hacer caso a los cantos de sirena de las vanguardias. Les contaba hace un par de domingos cómo se rebelaron en Catoira los comensales asiduos de Casa Suso cuando José Rodríguez propuso en los años 90 nuevos platos (almejas con fideos, merluza a la koskera) y los clientes le dijeron que no, que allí iban a comer lo de siempre.

Otro caso significativo fue el de Ricardo Dios, que se fue en 1930 de Santa Baia de Catoira a casa de los marqueses de Luca de Tena, en Madrid, para trabajar de mozo de comedor y acabó cogiendo el traspaso de El Mesón de Fuencarral en 1936. Por su mesón pasaron Azaña, Severo Ochoa, Carmen Franco, Fleming, Cantinflas, Juan Carlos I o Hassan II cuando aún no era rey de Marruecos, que pidió una chica a un empresario vigués del alterne y le dio de propina 70.000 pesetas de las de entonces.

De Catoira a Madrid

La época dorada llegó a partir de 1960, cuando Ricardo Dios amplió el mesón. «Empecé a llevarme cocineras de Valga, Catoira y Cordeiro, que hacían una cocina muy rica. Una vez, contraté a un cocinero francés y los clientes me pidieron que volviera a lo de siempre», me contaba en una entrevista en 1995. Lo de siempre... La cacheira entera presidiendo un cocido pantagruélico, una partida de futbolín y un grupo de viejos amigos actores disfrutando de la felicidad que regala el Triángulo de las Farturas.

Quisieron cambiar las cocineras arousanas por un chef francés y la clientela se rebeló

Aquí triunfaban las «casas»: Xosé, Potel, Emilio, Suso, Comparada, Hipólito o Gómez

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
3 votos
Comentarios

El Triángulo de las Farturas